miércoles, 15 de junio de 2011

Volví... otra vez

Me puse a leerme y me dio pena, sobre todo con la entrada de Lorica, que no tiene ninguna congruencia.
De todos modos las dejo ahí para acordarme del holocausto que fue mi vida durante estos meses, de noviembre hasta hace dos o tres semanas.
La verdad es que después de todo eso han pasado varias cosas: emprendí la escritura de mi libro, mismo que quedó estancado debido a que ahora trabajo escribiendo otras cosas. Espero que algún día las vean. De antemano me disculpo por haber tomado antes de su publicación el homenaje que la ex senadora Piedad Córdoba hizo de Ana Fabricia, su prima, víctima de la brutalidad del Estado, la guerra maldita que nos acecha en Colombia y, ojalá, jamás del olvido que nos caracteriza a los colombianos.
Además me cambié de casa, y aunque no creía que fuera así, el ambiente ayuda mucho para eso de la inspiración, la que no quiere llegar ni aunque la llame a gritos.
Por ahora, las espinas no están punzando, sino que han migrado a otro lugar; pero, más que espinas, se han vuelto pétalos de rosa, en algo que yo no soy porque tengo quién me las edite, es decir, quién las pode, despojándome de toda caracterización y subjetividad. No sé si eso sea bueno, pero así es el periodismo, para eso lo estudié.
Reconozco frente a todos que, salvo dos o tres cosas que escribí en este blog entre noviembre y abril, fueron cosas desastrosas. En lo personal las descalifico y las repruebo, pero es que en muchas de las veces estaba bajo efectos del alcohol. Cuando no, descerebrada por los efectos de los electrochoques, que yo misma me busqué, pues he de reconocer que mi psiquiatra me imploró para que no me hiciera ese daño. Debí hacerle caso, aunque así soy yo, pongo por encima todo el mal que pueda hacerme e ignoro todo aquello que me haga bien. Ya estoy trabajando en eso.
Como esto es una pauta que marca mi regreso, no quiero abundar en reflexiones ni esas cosas. Solamente avisar a mis lectores y a los amigos preocupados que me encuentro bien, bastante bien, a pesar de todo lo que me costó levantarme. Quizá porque en el fondo sabía que algún día saldría de ese hueco que era la vida miserable que yo misma me había labrado, no llegué a suicidarme. Tal vez es porque ahora me aprecio y me valoro un poquito.
Hubo gente inescrupulosa que osó meterse con mi trasplante hepático, seres mezquinos que se burlaron por mis padecimientos mentales pero que nunca supieron argumentar nada. Ojalá algún día entiendan que hacer mofa de esas cosas es tan cruel como burlarse de quienes padecen sida o cáncer y que, por el bien de lo que dicen ser, dizque liberales, socialistas, librepensadores, defensores de derechos humanos y demás, omitan eso y dejen que emerja el verdadero ser que tienen por dentro, para que no desprestigien a nuestros líderes y mucho menos a nuestras causas, las que sí considero sagradas. Paz en sus almas deseo, y a Dios le doy gracias por no haber permitido que yo reaccionara de la misma manera que ellos. No me considero su víctima, muy por el contrario, creo que esas mismas personas son las que necesitan atención especial, incluso más que yo.
Les agradezco el que me sigan leyendo y dispensaran tanta locura, tanta borrachera... ya esto aquí parecía una cantina, aunque bueno, no como las que a mí me gustan.

jueves, 9 de junio de 2011

Ana Fabricia y el recuerdo

A Colombia se la está comiendo el olvido, esa forma de recuerdo que dialécticamente describía Borges. Recuerdos borrosos pues son tantos los muertos, tanta la miseria, tanto lo oprobioso que hay que retener en la memoria, que de repente vamos olvidando para seguir recordando, reteniendo cada masacre que va sucediendo, todos esos actos de injusticia que, más que indignarnos, nos tienen aletargados, quietos, impasibles.
La muerte, aquí, no es esa dama benévola que nos redime de la eternidad. La muerte es la misma Colombia, y Colombia es la misma muerte. Aquí la gente se muere de esa enfermedad. Todos estamos muertos, y no muertos en vida, sino muertos del marasmo que implica vivir en este país. Ana Fabricia sí estaba viva, pues muy lejos andaba de eso que ahora nos identifica como nación; por eso mismo la mataron. Por lo mismo que amenazan y amedrentan a su prima Piedad, que también vive con intensidad. Y a Ana Fabricia se la habrá llevado la muerte, pero quienes estamos aún procuramos mantener el recuerdo y salir de ese estado comatoso de ser colombianos no permitiremos que se la lleve el olvido... ni Colombia tampoco.

Negra, por favor, negra



A Colombia se la está comiendo el olvido, esa forma de recuerdo que dialécticamente describía Borges. Recuerdos borrosos, de bruma, pues son tantos los muertos, tanta la miseria, tanto lo oprobioso que hay que retener en la memoria, que de repente vamos olvidando para seguir recordando, reteniendo cada masacre que va sucediendo, todos esos actos de injusticia que, más que indignarnos, nos tienen aletargados, quietos, impasibles.


La muerte, aquí, no es esa dama benévola que nos redime de la eternidad. La muerte es la misma Colombia, y Colombia es la misma muerte. Aquí la gente se muere de esa enfermedad. Todos estamos muertos, y no muertos en vida, sino muertos del marasmo que implica vivir en este país. 


Ana Fabricia sí estaba viva. Muy lejos andaba de eso que ahora nos identifica como nación; por eso mismo la mataron. Por lo mismo que amenazan y amedrentan a su prima Piedad, que también vive con intensidad. Y a Ana Fabricia se la habrá llevado la muerte, pero quienes estamos y aún procuramos mantener el recuerdo y salir de ese estado comatoso de ser colombianos no permitiremos que se la lleve el olvido... ni Colombia tampoco. Ana Fabricia, siempre diré su nombre y no apelaré al pronombre para recordarla, era de esa tierra querida a la que le compusieron esa canción que decía que era un himno de paz y alegría, cuyo pueblo era una oración y un canto de la vida; vibró, siempre vibró, luchó y sobrevivió hasta cuando pudo, incluso a esos tenebrosísimos ocho años del gobierno que enalteció al ejército que cometía los asesinatos a mansalva de jóvenes civiles para presentarlos como bajas guerrilleras, dio consuelo, paz, compasión y refugio a los desplazados de la vergonzosa guerra que apenas quieren reconocer, sonrió siempre con el alma ennobleciendo a las mujeres de su raza.


Ana Fabricia, como Piedad, tienen el alma del color de sus pieles. Ya la historia nos ha demostrado que las almas blancas no son las más benévolas. Negras, como el alma de Mandela y Martin Luther King, como la gente del Pacífico y de la Costa, negra como la de pocos santos... afortunadamente. Alma alegre, alma noble es el alma negra. Alma que se compadece y no sabe de la lástima, alma que busca la concordia y la reconciliación y hace viable lo imposible. Ojalá que yo, que no gozo de ser de piel negra, llegue a tener el alma de ese color y el país se tiña de él para que no pierda la esperanza. Ya se le llegó la hora al momento en el que lo malo sea blanco y lo bueno negro en occidente, pese a la desilusión y el desasosiego que despertó Obama con su invasión y sus políticas absurdas.


En honor a Ana Fabricia, a quien espero que no conviertan ni en mártir, ni en heroína, se le dará inicio a Cuadernos de la paz. Los héroes y los mártires, como lo dije alguna vez, son todos unos imbéciles que si no se hacen matar, se hacen héroes por haber matado o sufrido de cuenta de algún miserable más miserable que ellos. Y Ana Fabricia ni era miserable, ni miserables eran las personas que recibieron su ayuda. Ana Fabricia no se hizo matar, Ana Fabricia simplemente vivió y uno de esos imbéciles que quieren ser héroes de la seguridad democrática le segó la vida. Ana Fabricia no es mártir ni será santa, porque vivió la vida y también la padeció con plenitud. Ana Fabricia es y será una mujer negra y nada más: le dedicó su humanidad a las víctimas del Estado, de la guerra, de las autodefensas y de la guerrilla y terminó por convertirse en una, pero no en una más. Desafortunadamente son tantas, ya incontables, que no podemos nombrarlas a todas una y otra vez como a Ana Fabricia, pero sí en nombre de Ana Fabricia. Y en nombre de Ana Fabricia, Cuadernos de la paz se dedicará a examinar y a debatir la democracia, tomará por bandera los derechos humanos, examinará cautelosamente las definiciones que hay de modernidad, liberalismo, caridad, Estado, ciudadanía. No porque Ana Fabricia esté ahora muerta, sino porque la sentimos viva.