lunes, 26 de abril de 2021

Ese verde tranquilo

Yo he soñado tantas cosas que no sé cómo distinguir qué será vida de aquello otro que me grita, desde el subsuelo de la memoria, que le preste atención a esto o aquello que me carcome. Y he vivido también mucho (o al menos eso dicen, y a mí me lo parece) cosas inverosímiles que prefiero empacar en el recuerdo como si de pesadillas se tratara.

He escrito un par de cosas, como por decir que son bastantes. Sí, eso también. Y pasan. Más que nada pasa lo que escribo y no escribo lo que ha pasado, como si adivinara y como si presintiera, cuando en verdad lo que pasa es que suelo sabotear cada deseo cumplido. Cada «sueño». ¿Cómo evito entonces citar a Calderón, que es mi mujer, a quien conocí hace cinco años, y que es yo, pero también el escritor que tanto me ha inspirado? No citándolo, de acuerdo, pero al menos evocando y sin dejar pasar que Estefanía (en serio, así se llama, y aunque no es yo sí somos muy iguales) apareció en mi vida como un sueño. Eso, como un sueño, como un espectro, como la Alegría o la mañana y también como un atardecer rosado.

Hay muchos poemas que revolotean por mi cabeza y amenazan con secuestrarme este escrito. «Margarita, está linda la mar» ta, ta, ta, ¡párale! Sí, párale, como en mexicano, porque México es mi sueño y es mi deseo vivo, palpado, un delirio. Era el cuento que me contaba mi papá cada noche, cuando me acostaba, porque —ahora me doy cuenta— no se sabía ninguno, ni tampoco sabía inventárselos. Luego me decía «oí, oí, Morena, es el currucutú», pero yo no oía nada. Apagaba la luz, que ya estaba apagada, pero daba la impresión de que la apagaba más, se iba y me decía «duérmase, pues».Y yo sin sueño y solita, esperando a ver que el currucutú hiciera currucutú, hasta que me dormía. Creo. Un Domingo de Ramos, cargada en sus hombros, cogí a palmazos a una señora que estaba mangoneándome, no sé si de aposta, con el suyo. Mi mamá me dejó como al mismísimo Nazareno, que por grosera y porque eso no se hacía. Tenía como dos o tres años, pero más o menos desde eso me dejo joder del que quiera, porque qué susto los correazos de la otra, su silencio, sus palabras, sus manos cerradas vueltas puños, sus escupas, todo.

Tengo otro recuerdo, y este sí sé que no lo viví porque resulta que Jorge Luis ya está pero bien muerto. Hombre, después de que nos casamos ni modo que le diga Borges, aunque no tendría nada de raro si tenemos en cuenta que en mi casa, desde siempre, a mi papá le han dicho Uribe. Sí, mi mamá también. Ella, más que todos. Total que estábamos por allá en un barbecho como para criar vacas lecheras porque hacía muchísimo frío, y en presencia de María Kondo, o no me acuerdo bien cómo se llama, pues nos casamos. Ella ofició la ceremonia, o mi abuelo. La cosa es que Jorge Luis no solo había vuelto a la vida, sino a la vista. Y me veía y me veía, altote, como era, casi del tamaño de mi abuelo.  Jamás he sabido por qué soñé con ese señor, al que le he leído un cuento y una sola vez, una en toda mi vida, y no con Homero, por ejemplo, al que tampoco, pero que viene a cuento porque cómo te parece que, de regalo de bodas, al otro se le ocurrió que iba a leer mi libro. Ya, ya, Borges leyendo, qué novedad. No, es que pasaba que él pudo regresar y volver a ver, pero si leía una sola obra, fuera El Quijote o el cuento este del que se despertó y estaba ahí, la que fuera, volvía a quedar cieguito. Y dele el tipo con que mi libro, mi libro, todo morboso, todo lascivo. Algo incestuoso tiene que haber en esto porque si, como Yocasta, viene y se arranca los ojos después de casados y de verme, pero de verme de verdad, ¿qué? En el verde tranquilo me quedo.





 

jueves, 16 de abril de 2020

Bruna

Qué bueno, al fin voy a poder decir arreboles y usar un montón de expresiones meteorológicas, que son tan sonoras, tan bonitas, ya tan en desuso que en cuestión de dos días van a parecer cultismos o arcaísmos, no quiera la RAE ni lo vaya a mandar. 

Mentira que no, qué pereza. Hablar de lapsos es tan aburrido como contestar al cómo estás de aquella gente. No sé por qué en vez no dirán hola o quiay o quiubo, o alguna cosa menos impertinente e invasiva, tan incómoda, casi colonialista. Y lo es porque hablar de lapsos, en este caso un día, es contar qué más, qué has hecho, cómo estás, me haces un favor. Eso o, lo que es peor, la relatividad del tiempo en estos tiempos, y ni que uno fuera Borges o Abad (en el otro extremo, en el subsuelo, quiero decir) para salir con “el día es la existencia” o cosa similar, yéndose por París o por La Ceja, sepa uno. ¿Sí ve? Ya estoy cayendo en eso, y que si el Sol, que si la vida, Oriente, Meca, mi mamá que está allí al frente, cruzando la pared, mñej. 

Encima del día está siempre la noche, pero siempre; superpuesta, devorante y envoltoria, maternal oscuridad sin lunas que consuelen.

Durante el tercer día del motín, creo que en el último episodio de la quinta temporada, al despertarse de lo que creo que era un coma medicamentoso, Suzanne se dio cuenta. Lo repetiría para dar una referencia exacta, pero como un día antes empecé a volver a ver esa serie, ya no soy capaz 

jueves, 19 de marzo de 2020

Cállense, perros

Necesito que los perros se callen para volver a escribir. No, no es una referencia a esa frase atribuida a Cervantes, ni una metáfora. O puede. Es una imagen recurrente que se me viene a la cabeza cada vez que me preguntan por qué ya no lo hago, y es que siento su aire caliente en la nuca, aunque cierre los ojos y me tire al piso para no verlos. Tienen unos colmillos enormes y un aliento a perro, que para mí es un olor, lo siento, bastante, pero bastante desagradable, pues desde niña me enseñaron que olían horrible, hasta que aprendí que así era. 
Y ladran muy duro y eso me asusta muchísimo, pero bastante. Es, tal vez, como ese animal repugnante que tenía tres cabezas y la cola de serpiente, que habita en mi cabeza, como si ella fuera el Hades y yo también. ¿O no es el infierno un estado del alma que habita en el cuerpo? Y también ese ser, y tantos otros. 

Necesito que dejen la bulla porque hay un pedacito de mí que me exige escribir y volver a hacerlo con la fruición y la frecuencia con la que antes lo hacía, pero su babaza me empegota un brazo y de algún modo, por el asco, me paralizo. 

Yo necesito ponerlo a dormir, despedazarlo, volverme Hércules (aunque no sé bien si sí pudo vencerlo porque para mí el único que existe es el de Oce Upon a Time y no sé, ni tampoco voy a molestarme ahora por averiguar si en los relatos antiguos estos de algún griego lo venció. En la serie no, aunque después sí, con la ayuda de Blancanieves, que ahí es, gracias a él, tremenda arquera) ¡perro corrector! ¡Arquera es una palabra válida! ¿Cómo me vas a subrayar a mí, pendejo, a mí, qué palabra «existe»?... ¡ya me desconcentré! ¿Esa tampoco! 

¿Qué? Los olfatos son aprendidos, como todo. Somos todos un cúmulo de taras a las que orgullosamente llamamos sabiduría, aprendizaje (como si eso fuera necesariamente bueno), animales sumamente adiestrables y sujetos a que nos configuren a conveniencia. 

Ahí viene ese maldito animal en manada, veloz, mostrándome sus dientes, hediendo a tapete mojado con purina y carne cruda. Chao.

jueves, 5 de mayo de 2016

Monterrey

«Perdone por haberme demorado para escribirle, pero es que, mire usted, justo hoy, que se me acabó la pila del celular y el cargador se me quedó en la casa de un amigo, pude darme cuenta de que en el hotel hay computadores. Yo sí los prefiero para escribir.
La he pasado muy bien, en general. Lo que pasa es que Monterrey es un lugar particularmente difícil y el solo hecho de saberla a ella acá sí me ha generado conmociones emocionales que han venido manifestándose en el cuerpo. Como sea, yo insisto con esta ciudad, y he llegado a concluir que se debe más a un tiempo que hubiera querido que trascurriera acá y que, desde que empecé a ser fan de Gloria, anhelaba. Específicamente, me hubiera encantado pasar acá mi adolescencia.
No sé por qué me brotan lágrimas al escribirle esto.
Es que aquí vivo vidas enteras en cada parte que visito, y tal vez se deba a que yo en Medellín no hago otra cosa que malbaratar mi vida y hacer lo posible por demostrar que ese no es ni ha sido nunca el lugar que me corresponde en el mundo.
¿Recuerda cómo comía siempre que estaba por acá? Esta vez me paso días enteros sin hacerlo, pero ni siquiera por la tristeza o la depresión, sino porque... no sé, me siento llena.
¡Estoy totalmente oxidada para redactar! Eso me desespera. Encima, las gafas que me mandó el doctor no me sirven para un carajo y estoy llegando a pensar que la cosa no es de los ojos ni del cerebro, sino psicológico. Claro, porque sin ojos no escribo ni puedo mirar el armazón.
Intentaré escribirle mañana tempranito. El Chuy está muy enojado conmigo porque anoche busqué a Esa y sí, me la encontré y sí, aquí estuvo conmigo, pero ya se largó al D. F. y luego estará en Playa del Carmen y ya, ya, no siento culpa sino malestar porque él, con toda razón, está furioso y no ha querido verme en todo el día.
Ah, y quiso llevarme por allá pero sí le dije que no y no, y en esto sí estoy firme»

sábado, 16 de abril de 2016

Te siento. Lo siento

Yo te siento, y te siento tanto. Te siento mucho, mucho, aquí, en el pecho y en la caja torácica, y en las uñas y en los dientes y en los pies y en el vientre. 
Te siento tanto. 
Siento que en silencio me llamas, que me gritas, y sí, veo y sé y siento que me evitas. 
Yo te siento, y te siento en el alma. Siento mucho haberte herido, siento que me hubieras conocido y siento mucho que pienses, por el tiempo, que no ha sido. 
Y te siento.
Y vaya que cuánto lo siento. 

miércoles, 6 de abril de 2016

¡Sáquenme de aquí!

La soledad es bien gacha. 
Últimamente arañarle compañías al recuerdo no me sirve de mucho, porque solo me hace añorarlas. Ya el placebo de las redes en esta red no sirve, porque no acaricia, ni abraza, ni besa.
Y el triunfo o el éxito, los logros, son muy amargos. Y la vida, en general, pero más cuando es dulce y llega la gloria y uno se encuentra así, solo, bien gacho.
Han construido edificios para eso; altos, muy, muy, muy altos. Han destruido los barrios, las tiendas, las aceras, los parques y las calles para vender una exclusividad, una seguridad angustiante y aterradora. Celadores a los que les prohiben saludar o los echan por hablar mucho con la gente que vive en las unidades privadas. Todo es tan privado ahora que la gente quiere hacer pública su vida y se hace daño con ello.
Eso han hecho acá, en Medellín, Colombia, pero me temo que es algo que con sus estructuras verticales, violentas, encerradas, aisladas, vendidas como exclusividad, están logrando la segregación  -y ya no solo de clases sino entre personas, entre familias inclusive- que tanto anhelaron sembrar con armas las dictaduras militares en todo el mundo. 
De haber sabido Hitler y Franco y toda esa maldita gentuza que la vuelta se arreglaba así y no matando o desapareciendo; porque al menos eso unía a la gente en su dolor. La congregaba en qué sé yo, colectivos de madres, de hijos, luego de gente que, además de indignarse, salía a las calles arriesgando la vida porque reconocían el valor de la vida y qué era tener una.
Señor feo y afeminado dictador democrático de Israel, ese que manda, debería usted tener en cuenta hacer en Gaza edificios medio bonitos o mediocremente diseñados como los de Medellín. Viera usted cómo los palestinos dejaban de joder. Podría venir acá, que yo le enseño cómo, más que segregar, fragmentar una sociedad en pedacitos, de modo que no haya ni Israel o Palestina, sino individuos pegados al celular, pendientes de todo menos de una bandera o territorio. Por cierto, señor afeminado que gobierna Israel, ¿por qué todos los hijueputas como usted han sido así, de voz aflautadita, de maneras amaneraditas? Hace poquito oí al gran maricón de Franco y tenía el mismo tonito que Pinochet. ¿Se emasculan mentalmente o qué, pirobos? Y aquí hay otro pobre que ya ni marica parece, sino íncubo, el señor procurador Ordóñez, que se fela la sagrada hostia y saca la lengua de una manera para mamarla que, vaya, a mí me gustaría tener un clítoris más grande pa' que fuera un pipí y se pegara de eso.

Volviendo a lo que no sé en qué estaba, porque ya me toca beber para poder escribir, porque es bien, pero bien gacha la soledad y el alcohol en la garganta es tan parecido a lo que yo recuerdo que era una demostración de afecto, y ya sin saber a quién me dirigía, que los pobres, a pesar de todo, se la han sabido pasar muy bien, a pesar de nosotros. Yo me incluyo porque, bueno, maldita sea, que he sido segregada pero hambre no he aguantado, ni sed, ni me han desplazado, con mi familia y a punta de motosierra, a un lugar de "mejor clima", como lo es Medellín, adonde todos llegan. Eso dicen los alcaldes cuando se les reclama por la situación de los desplazados por la violencia. Y esa gente que vive por acá, en edificios que a veces, por ventura, como por anunciar que aquí todo está muy muy muy pero que muy mal, dice que mendigar es un negocio y que a uno le falta calle para no darse cuenta de que quienes viven de la calle han hecho de eso una manera de vivir. Gente que ha estudiado en Eafí y esas cosas, tan preparada, tan docta. 
A todos aquellos que Medellín les parece una chimba se largaron. Juanes, el primero, pero también gente de mi colegio, de las carreras que he empezado. Que Medallo es la verraquera, parce, porque es que desde Miami, Nueva York o cualquier lado a cualquiera, cualquier otro lado, le parece una chimba. Más de un mes no se quedan, eso sí, pero les critica uno el peladero este y son los primeros en mandarlo a uno pa' Venezuela. ¡Hombre! Tanta gente que sabe quién es mi papá bien pudiera decirle que hasta Magangué, al menos para mí, es mejor que vivir aquí. No tienen que mandarme para allá, ni para Cuba, que no me parecen malos, porque si me conocieran a vivir en este puto cagadero de mierda me condenaban. Creo que solo Miami es peor, aunque ni tanto porque allá hay haitianos, nigerianos y mar, que yo qué sé.

martes, 8 de marzo de 2016

Óyeme

Siéntete imprescindible, muñeca linda, porque lo eres. Que la Tierra, que yo soy la Tierra, en torno a ti gira, porque así es.
Siente que eres la persona más afortunada (y hermosa, mi cielo) y rica y poderosa, porque es verdad.
Y tú, y todas y ellos.
Yo, mi vida, que creí cada una de tus palabreas y, en este mundo desechable, tus videos, cargados ellos de cariño.
Sí me duele, claro está. ¿Me arrepiento? No.  Mentir se te da, como a todos, como a tantos, a cualquiera.
Amar, pese a las burlas, pese al dolor, pese al engaño, vale la pena.
Pierdo un poco de mi alma en cada respiro y en cada suspiro.
Pierdo algo de mi vida, de mis entrañas, con tu juego vanidoso.
Pero vale la pena.
Cada una de tus lágrimas, del corazón que desgarras, vale la pena.
Vivir vale la pena. Y sentir que un poco de la vida se me va, por ti, también.
Y cada sorbo de tequila y cada sorbo de aguardiente y cada peso que yo pierdo se justifica, y cada dolorcito en el pecho y cada arrugada en todo lo que soy, con la mano que empuñada en tus manos que le das a mi alma, y cada desvelo, cada mareo y terror, se justifican.
Hoy sé que solamente fui diversión, una especie de trofeo. Y sé que, en fin, corría el riesgo.
Pero ha valido la pena.
Sentir amor siempre vale la pena.
La ilusión, el deseo, la dicha, la euforia.
Aunque todo sea mentira vale la pena.
Porque lo que en ti es mentira, lo que es negación, ese desprecio, la frialdad, tu proceder y ese desdén, entiende, hoy son flores y son peras y son mangos y duraznos, mamoncillos, corozos. Flores, muchas, tantas, primavera.
Aurora, atardecer y zozobra.
Aguardiente y Rivotril.
Tú eres todo cuanto he sido, incluso el dolor al respirar.
Yo me alegro de haber sido un camino, un escaño, una noche, una más.
Prueba.
Compara.
Rompe cuantos corazones sean necesarios. Al final sé que estarás en otras y en todos ,y probablemente tus lágrimas falsas y tus palabras prefabeicadas y tus frases de ocasión para cada ocaso oportuno constituyan otra felicidad.
Sé, niña, sé tú, como la hiedra, como la hiel, como la hiel.
Y nunca crezcas y no madures y sé el veneno y sé el placer.
Yo te amo en tanto fuiste y yo te amo en tanto, ahora lo sé, no eres, así, nada de eso.