jueves, 20 de agosto de 2009

Miss Socorro

Ojalá uno pudiera escribir cuando se está dando un baño de agua caliente... ¡es tanta la inspiración! Hace un momento, en la ducha, me vinieron a la cabeza un montón de ideas y cosas que puedo escribir aquí, ya confusas, como si se hubiesen secado al mismo tiempo que el agua que corría por mi cuerpo, y con esa misma abundancia y de la misma claridad del agua, eran las ideas que tenía. ¿Qué se le va a hacer? Aún no inventan ordenadores que se puedan mojar, ni un papel y una tinta que no se dañen ni se corran mientras miles de gotas caen sobre ellos, ¡qué lástima! Siendo así las cosas, me toca proceder "en seco", no hay de otra.
Todas esas ideas, que se me venían hace unos minutos a cántaros, se perdieron. He olvidado de qué tanto iba a escribir, o es que tal vez quiero posponer mi historia sobre Socorro, un personaje real pero fantástico que marcó mi vida de manera trascendental, si se me permite un término tan filosófico para una redacción tan fatua como la que he venido desarrollando desde el principio.
Me es imposible no echar mano de las canciones de Gloria Trevi, aún tan presente en mí. Recuerdo que, cuando en 1998 cantó un pedacito de "Doña Pudor" acapella en un programa de televisión, poco antes del escándalo, la primera persona en la que pensé fue en Miss Socorro Escobar Correa, rectora del Colegio Colombo Británico de Medellín durante un periodo larguísimo, institución en la que cursé el preescolar, la primaria y el bachillerato y cuya presencia fue absoluta en todos y cada uno de los días que por desgracia pasé en ese colegio. Nunca, jamás, pude ser feliz allí. Entré de 3 años y salí de 17. Todo allí, no sólo el uniforme de diario, era gris: grises las rejas que ponían detrás de las ventanas de los salones, grises las áreas comunes y de recreo, porque las únicas zonas verdes que tenía mi colegio, no es chiste, eran los tableros, cambiados luego por unos blancos de acrílico para la modernización de un instituto en el que la modernidad, con Socorro en la cabeza, no podía tener cabida.
Tengo recuerdos de niña,
recuerdo a Doña Pudor.
Recuerdo que se tapaba
el cuerpo
de los pies hasta el cuello
con recatación
Tenía la sonrisa podrida
porque nunca la usó
Por eso las cosas de su
boca salían apestosas,
llenas de rencor.
Eso sí, ella era muy decente
porque nunca se enamoró
Pero en sus noches calientes
¡cómo se arrepintió!
Estaba ya en décimo grado, sólo faltándome uno para graduarme y a mí se me ocurrió llevar el versito a la revista estudiantil para publicarla, la cual estaba bajo el mando y edición de ella, por supuesto. Nunca, a nadie, le dije que era para Socorro, ni siquiera lo insinué, pero muy bien me conocía la señora y del rencor que sembró en mí desde la primaria era muy consciente. De inmediato se dio cuenta y lo vetó. Tuvimos que aguantar una semana entera de discursos sobre las bondades del pudor, carteleras con frases suyas que mandó a colgar por todo el recinto, una de ellas que daba justo al frente de mi salón, más una visita a la rectoría durante la que quiso adoctrinarme (como cosa rara) en las bondades de la castidad, contándome que a sus 72 años aún era virgen, que si no era por el pudor que aún sentía se hubiera perdido en los placeres de la carne y en los vicios del cuerpo. No era ni monja, aunque todo lo que hacía se le pareciera, y ni siquiera tuvo una educación religiosa porque su formación como docente la tuvo en el Central Femenino de Antioquia, siendo compañera de mi abuela Lucinés (por cierto), de quien era prima por todos los flancos posibles. Después estudió en la Cuba de Fidel, por lo cual era imposible que tanta carajada se le hubiera metido en el alma. Tal vez todos esos dogmas fueron quedándole de su soltería, a lo que en Colombia llamamos 'beatitud', yo qué sé. Y el colegio ha sido siempre laico, fue fundado por unos ingleses a mediados de los años 70, por lo que no era comprensible que nosotros tuviéramos que ir a misa como los estudiantes de Alcázares y Pinares, ambos del Opus Dei, o los del San Ignacio, el San José de la Salle o el Jesús María, todos ellos pertenecientes a comunidades de curas y de monjas. Se nos daba catequesis tres veces a la semana en el bachillerato, cuatro en la primaria, superando las horas de lengua materna y ciencias exactas. Nos daba esa clase Miss Conchita, otra pobre solterona que, al igual que Santa Teresa de Jesús, entraba en "trance" a la hora de la oración, es decir, tenía orgasmos la señora, pero eso lo vine a saber años después, muchos, cuando conocí la sitomatología de estos y pude reconocer que sus gemiditos, el pegar sus manos al cuerpo y fregarlas contra el pantalón, todo eso, correspondía más a una respuesta sexual que animal, que era lo que nos parecía cuando estábamos chiquitos: que a Miss Conchita la poseía alguna fiera.
Si alguien me preguntara a quién se parece Miss Socorro, sin vacilar diría que a Úrsula, la villana de la película de Disney "La Sirenita". Era idéntica. Y al igual que Úrsula a Ariel, Socorro me perseguía para quitarme la voz no por los siete mares, sino por los siete rincones que pudiera tener esa cárcel a la que por formalismo le dieron el nombre de colegio. Si cantaba, me vetaba las canciones. Si escribía, no me dejaba publicar. Si leía, mandaba a recoger, como en tiempos del Index y la Inquisición, todos los libros de Nietzsche, Sartre y Camus, e inclusive quitó del currículo a El Extranjero, que se leía en el último año, nada más porque la historia de Mersault, que no se inmutó con la muerte de su madre, tan ateo según ella, logró cautivarme por ese entonces. Yo estoy utilizando sus expresiones, no las mías, porque sé que ese libro trata de cosas más complejas, que algo he aprendido en la vida a pesar de la educación que recibí. Y si me pintaba el pelo de algún color, me devolvía para la casa hasta que volviera a teñírmelo de negro, y si me ponía un piercing, me lo hacía quitar, y si me pintaba las uñas, me las despintaba... era como si se hubiera obsesionado conmigo y quisiera que yo fuera como ella.
El jueves pasado me dijo mi mamá: ¿cierto que usted no puede odiar a los viejitos? Porque odiar a los viejitos es como odiar a un niño. No, yo no odio a los viejitos, le dije, al contrario, olvidándome de Socorro, un año menor que mi amada abuela Lucinés. Me contó que Socorro tenía Alzheimer.
Y no, en realidad yo no puedo odiar a los ancianos, ni aunque tratándose de Socorro fuera la cosa. Pero yo sí puedo odiar su recuerdo, odiar el momento en el que, un día antes de la graduación, me hizo llorar como nunca lo había hecho prohibiéndome dar un hermoso discurso que había escrito con mi mejor amigo de entonces para la ceremonia, nada más porque no íbamos a misa con la frecuencia debida. Ahora que su mente se ha perdido en un laberinto de recuerdos pretéritos, puedo aún cantarle Doña Pudor, y sentir el sano odio que en las noches se adueña de mí cuando el recuerdo de todas estas cosas me invade.
Pobre Socorro. Ojalá que sus lagunas mentales sean de un tamaño tan grande que no pueda recordarme. Ya, por lo menos, no voy para ella que el deseo la persiga.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Sobre este blog

Pensaba que este blog no tenía las entradas suficientes, pero ahora me doy cuenta de que tengo las necesarias, a pesar de que mis pocos lectores pidan más, quizá un libro que prometen comprar, o entradas a granel para matar su tiempo.
Lo que pasa es que, para decirlo de algún modo, soy demasiado exigente conmigo misma, ¡mucho! No suelo darme licencias, y cuando lo hago, es porque me veo en la obligación de desnudarme nuevamente frente al lector y mostrarle que sí, que efectivamente aquí estoy y que esta tarea que a veces se me vuelve titánica (la de escribir) y que a la vez me es tan necesaria no ha sido olvidada.
La gente es sumamente descuidada cuando escribe en la red, por no decir que dejada. Me he dado cuenta al leer el blog de Saramago, de quien esperaba una redacción igual de impecable a la que he encontrado en sus libros. De repente le encuentro errores de ortografía y me pregunto si será su señora esposa quien se permite esas licencias o si él, ya octogenario y haciendo un gran esfuerzo por estar en este medio, se aventura a escribir el Español como lo sabe y por eso encuentra uno, de repente, expresiones en portugués. No, no porque sea octogenario... mientras más viejo, siempre lo he creído, se es más sabio, así que no es por su edad. De todos modos, creo también, aquí la gente no se esfuerza por ser grande, o no tan grande como se es en una hoja impresa, pues tampoco le quiero quitar el valor que merecen sus letras electrónicas, de todos modos muy inferiores a las que encuentro en el papel. Insolente, me dirán, pero yo lo veo así, aún cuando su Cuaderno sea muy superior a los demás blogs que me encuentro en este espacio, por supuesto.
¿O será, acaso, que así escribe uno cuando no lo hace con lápiz y papel? ¿será que puedo escribir mejor cuando hago un borrador en mi cuaderno, con mi portaminas y luego, al teclearlo, lo mejoro? Tal vez. O tal vez porque nunca he tenido un editor ni he permitido que toquen lo que escribo cuando voy a publicar, porque prefiero ser responsable de mis errores y no de los de alguien que ni me conoce, ni sabe cuál es el tipo de puntuación que necesito, que a pocas vueltas, no es otra cosa que mi ritmo cardiaco, mi respiración, mi manera de hablarle a quien me lee, los vicios que he adquirido de leer a Saramago, Borges y otros tantos que no quiero mencionar para no parecer una torpe erudita que quiere demostrar que todo lo ha leído.
De todos modos, haber leído unas cuantas entradas de El Cuaderno de Saramago me impulsó a escribir esto, cosa que tenía pensada para hacer a finales del mes... y entonces me digo ¿qué importa si mi blog es solamente de cosas mías, con tono íntimo? Si hasta donde sé sólo me leen mis amigos o conocidos, consciente estoy de que esta página no es, ni mucho menos, de las más visitadas de la red; ¡vamos!, ni siquiera es la más visitada por mí, que me la vivo entre el Twitter y el Facebook.
Además, cuento con la fortuna de extenderme cuanto yo quiera y de decir lo que quiera, ni sé por qué entonces manejo tantos miedos a la hora de publicar algo aquí... ¡todos lo hacen! Desde las quinceañeras que se van a pasear en cruceros y cuentan sus aventuras hasta el gran José Saramago, y desde quienes no tienen idea de poner una coma hasta los que creemos que las sabemos poner (todas)... total, ¿quién está con un lapicero rojo para ponerme un 1,0 ó un 5,0? ¿qué directora del periódico me dirá esta vez que no diga esto o aquello porque no va con la línea de pensamiento del diario? Mi peor jefe, mi peor tirana soy yo misma, y ya es tiempo de romper con todo esto porque de algo tendré que vivir, que ya son 26 los años que tengo y eso de pedirle plata a mi mamá está muy jodido cuando no estudio ni trabajo y ya va siendo hora de que empiece a valerme por mis propios medios, para poder beber sin tener que pedir permiso, para coger el carro (mío) a la hora que yo quiera e ir adonde me plazca.
Por eso, esta vaina de escribir, se me ha vuelto imperativa.

miércoles, 29 de julio de 2009

Carta de amor

"Es una carta de amor que se lleva el viento pintado en mi voz, a ninguna parte, a ningún buzón..." Joan Manuel Serrat.


Amor:

Me escribiste por última vez el 19 de julio. El texto fue brevísimo, algo que sin contexto no representaría mayor cosa para quien lo lea. Yo, sin embargo, lo leo diario y detenidamente, a ver si dentro de esas letras puedo acaso encontrar algún indicio de que esto que siento es correspondido por ti.

Tú, por supuesto, no sabes que te amo, y tal vez yo no estoy muy segura de ello. A pesar de esta inseguridad, sí puedo decir que pienso en ti sistemáticamente, aunque te mentiría si te digo que lo hago a cada instante. Aún así, y aquí debería ir tu nombre para que el vocativo haga el efecto que requiero, siento que cuando me envías un mensajito me entusiasmo y siento que algo en el estómago empieza a subirme hasta la garganta, dibujándome una sonrisa que abarca el rostro entero. Y a ti te respondo solemne, diciendo sólo lo que hay que decir, pero aquí, dentro de mí, afloran las más bellas letras, sino es que, más bien, los más bellos pensamientos. Por supuesto que soy cursi, lo sé. Estoy oyendo a Mozart y me siento enamorada, ¿qué esperas? Los violines que interpretan al niño prodigio despiertan en mí una clase de inocencia que, junto lo que me haces sentir, se compara con la felicidad, y entonces no me importa cuán lejos estemos el uno del otro, ni cuánto tiempo habré de esperar para volver a verte, pero el sólo hecho de conjugar la música con lo que me provocas, hace que quiera esperarte mil años sin estar o pensar en alguien distinto a ti.

Quise decirte que por supuesto que miro tus fotos detalladamente, minuciosamente, al menos hasta el punto en que es posible por medio de la resolución que admite el Facebook. Que como ahora no tengo manera de viajar hasta ese país ni atravesar el Atlántico, sí he estado esforzándome para que cuando vengas me encuentres más linda que nunca y entonces seas tú quien decida, si tengo suerte, llevar a cabo una relación conmigo porque, ya me lo han advertido, si yo me adelanto no es bueno y puedo salir perdiendo, aunque si por mí fuera, ya te habría dicho todo lo que escribo cuando no te escribo, aunque al final seas tú ese destinatario anónimo que nunca recibirá las palabras que realmente te pertenecen.

Creo que aún nos es difícil a nosotras ser mujeres a pesar del siglo en que vivimos. No está bien visto que yo te diga lo que siento, aunque me queme por dentro, aunque no desee otra cosa que estar contigo. Si lo hago, cometería la estupidez de perder tu amistad, porque es que, además, yo no estoy muy segura de tus sentimientos, los cuales se pueden ver afectados hacia mí si de algún modo te insinúo todo lo que aquí estoy plasmando. Y lo plasmo para el mundo o para el reducido círculo de lectores que tiene este blog porque, creo, puedo al menos desahogarme y sacar del alma este ¿amor? tranquilo que me haces sentir.

No quería acostarme sin decírtelo.

Besito.

Testbook

El Facebook se ha convertido en un verdadero basurero. O no. No es eso. Es que la gente ya no tiene ningún problema en mostrar en qué se gasta el tiempo, y es verdaderamente perturbador ver cómo quieren que uno también lo pierda.
Primero aparecieron unos tests que le decían al usuario el color de su aura, nada serios, pero al menos develaban algo que a simple vista no se puede notar, si es que de hecho tenemos aura. Luego empezó la pesadilla; se dedicaron, consuetudinariamente, a realizar quizes del tipo de: ¿de qué color tienes tu pelo? ¡Del que te lo teñiste la última vez! ¿qué día es tu cumpleaños? ¡el día que naciste! Y después, sin darme cuenta a qué hora se volvieron obsoletos los restaurantes chinos, aparecieron de la nada las famosas galletas de la fortuna, que, aunque tienen harto a todo el mundo, todo el mundo las abre y las comenta, aunque no se puedan comer. Cincuenta y tres amigos de 339 tenían esa aplicación y el Facebook me animaba para que yo la agregara y publicara sus vaticinios.
Eso a mí no me preocupa. Digo, sí, porque de hecho aquí estoy escribiendo al respecto. Todos tenemos maneras absurdas para gastarnos el tiempo y como a mí no me interesa que se enteren todos mis contactos de ello, prefiero no publicarlo, pero cuando los demás las publican, de verdad se nota que uno no está solo, que hay peores cosas, que la vida propia no es tan miserable ni la inseguridad existencial es tanta cuando hay quienes, por medio de esa red social, creen que encontrarán respuestas en tréboles, oráculos, descifradores de mentes... o digamos, más bien, en aplicaciones que llevan esos nombres. Había una en particular que no sé si la realizaban por broma o porque el aburrimiento de no encontrar nada en la red es desesperante o si realmente les interesaba saber qué tenían en común con La Tigresa del Oriente; y no, no es de preocuparse, pero digo yo, ¿acaso es de reírse? ¿eso es lo que pretenden? ¿o qué buscan al publicar lo que les dice una galleta de la mala fortuna (que también las hay)?
He bloqueado, sin exagerar, cientos de tests y aplicaciones de este tipo paa evitar verlas cuando me conecto a mi Facebook, pero es que son tantas, tan estúpidas, tan vastas, que día a día, en cuestión de horas, aparecen más y más. Todavía una hizo uno de ¿qué canción de Ricardo Arjona te identifica? Le dieron la respuesta y pone debajo: pues la voy a descargar porque no la conozco. Claro, y con ortografía atroz porque si la escriben bien es, para ellos, como si estuvieran cometiendo los peores errores señalados por la Real Academia. Y yo que no sé qué me choca más, si el señor Arjona, o la cantidad ridícula de tests supremamente bobos que abundan en el Facebook... creo que la respuesta a este grandísimo dilema me la podría dar un test de esos, ¿no? Aunque, como yo sí me conozco, puedo decir con toda seguridad que Ricardo Arjona es la peor cosa parida sobre la Tierra y que prefiero miles de respuestas idiotas a una sola estrofa de una canción de él. Total, ese cuestionario de ¿con qué canción de Arjona te identificas? fue el epítome de las cosas abominables que se ven diariamente allí.
Sé que muchos quieren que les escriba sobre mi viaje a Europa, pero disculpen, esto me tenía más apurada.

viernes, 12 de junio de 2009

Viaje

Esto de enfrentarme al cajón en blanco no es tan trágico como enfrentarse a una mente en tal estado. Sé que de algo debo escribir para no perder la continuidad, pero ¿escribir sobre qué?
Bueno, puedo contarles que el lunes viajo a Europa, pero me emociona más el hecho de saber que no estaré en Medellín durante un mes completo que las expectativas que puede generar un viaje, y en este caso en particular, no genera ninguna, no porque ya conozca o no, sino porque generalmente no me creo expectativas con respecto a los viajes familiares, salvo que me voy a aburrir con mi hermana, la histérica, y que la diferencia de edades entre mis papás y mi hermano menor impedirán que entremos a discotecas, vayamos a casinos y cosas por el estilo, que sólo andemos y andemos por las calles en el día y lleguemos a dormirnos, sin sueño, en las noches.
También pienso en las diez horas de vuelo, interminables por no poder fumar en el avión. Y en el cansancio que genera estar sentada diez horas. Y en la posibilidad de caer en medio del Atlántico, como quienes iban en el vuelo de Air France, y terminar por ser la historia diminuta de un noticiero: muere muchachita que no se dedica a nada junto a sus padres y hermanos... creo que empezaría con algo referente a mi papá, en todo caso, y yo estaría de tercera, después de mi mamá, por aquello de ser la hija mayor. A todas estas, aún no se sabe qué le pasó al avión caído... más bien no se sabe por qué se cayó.
De repente se me ocurre, aunque sé que no es cierto, que en ningún lugar de Europa hay árboles. ¡Valiente cosa! Y que es de vegetación amarillenta, sin frondosidad, sin flores que nazcan esporádicamente, sin frutas que le puedan caer en la cabeza o en los pies a uno mientras que va caminando por ahí, y me preocupo, como si toda ese espectáculo de la cotidianidad tropical fuera algo fundamental en mi vida o en la de un ser humano cualquiera diferente a Tarzán, como si México no fuera casi todo desértico, al menos la parte que yo conocí, de arbolitos raquíticos y pencas inmensas, con más arena que hierba, o en Nueva York hubiera yo visto caer cien mangos al piso en pleno invierno invadiendo avenidas y aceras. De todos modos ya se me metió todo este diatriba forestal en la cabeza y no sé cómo sacármela de ahí, y lo peor es que me molesta seriamente... ha de ser que no odio tanto a esta hijueputa Medellín después de todo, si desde ya añoro que la maleza de allá tenga las tonalidades de verdes que acá y que los frutos inmensos de las arboledas que hay en mi barrio pretendan tapizar el pavimento al caer por montones.
¿A qué hora empezó esto a importarme si he viajado a tantos lugares con distintas topografías y climas? En México no extrañé ni a mi mamá por un instante y ahora que me voy al Viejo Mundo, sin haberme aún ido, ya extraño la normalidad de esta Antioquia maldita que me vio nacer. Creo que es porque políticamente, los países a visitar, me caen muy gordos, no por resentimiento, no, sino por su manera hipócrita de manejar las guerras y sus colonias: España, Suiza, Francia y Alemania. Y de todos ellos, el más odiado es Suiza por su diplomacia escueta y neutral, por su sentido del civismo, por la conciencia colectiva de cuidarlo todo, por tener voz pero no voto en la ONU, por ser por lo mismo el banco del mundo entero. De verdad que tengo una pereza enorme de ir a Zürich y no aguantarme la tentación de tirar el papelito de Toblerone, nada más por puro gusto y ver qué pasa, en una de sus inmaculadas callecitas o cristalinos riachuelos.

viernes, 22 de mayo de 2009

Se me va la Gloria...

Debo confesarlo. Llevo meses intentando una reconciliación digamos que personal con Gloria, y por más que he querido, por más que hago el esfuerzo, no logro conseguirlo.
Llegué a Medellín el 20 de febrero de 2008, con un puñado de ilusiones muertas y un montón de sinsabores que no lograba comprender ni acomodar... había recorrido buena parte de México, pero México me recorrió a mí toda, como si fuera papel de lija bañado en un bálsamo suavizante, dejándome entre la piel y el alma experiencias que aún hoy, a más de un año de haber regresado, no puedo comprender, ni digerir, ni saber por qué, después de ese periplo de más o menos tres meses, nunca pude volver a ser la misma, ni siquiera en los aspectos que yo creía más sustanciales de mi ser, y entre ellos, el más importante hasta entonces: Gloria Trevi.
No, la verdad es que yo me fui aquel 28 de diciembre de 2007 siendo una y regresé sin la más remota idea de quién soy, al menos con respecto a este aspecto de mi vida, a ese sentimiento profundo que creía inmutable e inamovible, y es que, si bien esto no es nada nuevo, ahora que estaba en su foro oficial vi una pregunta que hubiera podido  responder en otros tiempos con grandilocuencia y claridad y que ahora se reduce a esto: ¿qué te motiva a ser fan de Gloria Trevi? ¡Nada! entonces ¿qué hago en sus foros y en sus páginas? Buscándole soluciones a este crucigrama con  el que regresé y del cual, a duras penas, tengo algunas letras sueltas que en lo absoluto me ayudan a terminar de resolverlo.
La cuestión es que yo quiero seguir siendo aquella fan de Gloria que se caracterizó por tantas cosas y fue respetada por sus posturas a veces intransigentes pero claras. Quisiera que lo que escribo cuando escribo sobre ella, como antes, emergiera del corazón y no saliera por inercia, como buscando aprobación de mis pares y no de mí misma, acaso esperando encontrarme en este laberinto de sentimientos confusos en el que el deseo de volver a ser y a sentir lo que alguna vez fue mi característica más notable. 
Aunque durante este último año lo haga con frecuencia, me siento rara cuando la cuestiono, cuando algo no me gusta, y cada vez es más fácil encontrar motivos para decepcionarme de ella, cosa que no me agrada, aunque no sea sano, aunque lo clínicamente correcto sea que yo haya encontrado su lado más humano e imperfecto, aunque a mi psiquiatra le parezca una maravilla, porque a mí, cuando de Gloria de los Ángeles Treviño se trataba, lo enfermo, de mi parte, era lo que me complacía de mí misma, y es lo que esperaría sentir ahora, contrario a tantos y tantos reproches, distinto a las razones que encuentro para desilusionarme de ella que, repito, cada vez son más. 
Yo creo que esa admiración tan fuerte y arraigada era precisamente lo que me motivaba a todo. Gloria se bastaba por sí misma y no era necesario encontrar un motivo (o varios) para admirarla porque, con el simple hecho de ser ella, se justificaba la razón para hacerlo, cuando ahora tengo que escudriñar y apelar dentro de sentimientos que ni siquiera tengo para poder aparentar que soy la Tefa de antes, la que no admitía un sólo reproche para su Gloria, la que de sólo oír su nombre saltaba de la emoción y su cara se iluminaba con una sonrisa. Y entonces, ahora que lo escribo, me doy cuenta del porqué de los fracasos en mis múltiples intentos de recuperar lo mucho que perdí en aquel viaje: es que ya no me nace nada de lo que digo, ya no siento pasión por lo que de ella escribo, ya no estoy convencida de ninguna de las palabras que voy tecleando por sus foros, y por más que yo sepa que ella siempre será parte de mi vida, una de las más importantes, si yo sigo sintiéndome como ahora, no podré seguir siendo parte de la suya... no me refiero a que alguna vez lo haya sido porque aunque bien sepa quién soy yo, o al menos mi nombre, jamás ha sido algo constitutivo para Gloria; más bien diré que, dentro de los fans, no podré ser la misma, y es que ya fue mucho el tiempo que fingí, por respeto a su recuerdo y al recuerdo de lo que fui, porque a pesar de todo, aunque de una manera muy distinta, la sigo queriendo, lo que no significa, sin embargo, que deba continuar diciendo lo que digo sin sentirlo y sólo por llevar la corriente, traicionándome a mí misma y hasta a la misma Gloria. 
Se me está yendo, y justo es que lo anuncie para que de mí no esperen nada, tal vez a modo de despedirme de sus foros y de responder la pregunta de qué es aquello que me motiva para ser fan de Gloria Trevi, porque, como dije, la respuesta se reduce a nada, y si tengo la compulsión de mantenerme en sus foros es por otras razones que desconozco.  






 

domingo, 10 de mayo de 2009

Sin título

Creo que si la doctora Irene González (mi psiquiatra) llegara un día a leer este blog, me llamaría la atención por "compartir" tantas cosas mías que me ha advertido que no las saque de su consultorio y mi conciencia. Dice que la gente no entiende ciertas actuaciones que realiza el sujeto, y al no encontrarles un nombre exacto, buscan el más próximo o el primero que les aparece en la mente, el de loca por ejemplo, que es de lo que me suele tachar tanta gente. Pero es comprensible: anécdotas de manicomios, historias de intentos de suicidio y un amor desbordado por alguien que no me corresponde. Más que loca, sin embargo, creo que suelo ser más abierta en mis cosas que la mayoría de la gente que se dice normal, pocas veces me limito, soy impulsiva, apasionada y en muchos casos cruel cuando me siento dañada, nostálgica, melancólica o deprimida. Pero no siempre estoy así. Lo que pasa es que si hay algún favor que la soledad me haga, si a algo me impulsa es a escribir porque son muchas las cosas que tengo por decir pero a nadie a quien contárselas, entonces se las digo a todo el mundo y las echo a volar a la nada para que caigan en los ojos de quien esté dispuesto a leerlas.
No es que esté justificando ninguna de las cosas que han leído aquí, no. A decir verdad, simplemente estoy escribiendo por escribir, sin sentirme mal o sola, sin estar deprimida ni melancólica. Quiero saber qué sale de mí cuando nada me impulsa a escribir, salvo el crear una entrada más para el mes de mayo en este blog, y la verdad es que ni me lo imagino porque hace algún tiempo abandoné mis estudios de filosofía, abandoné la literatura, me dediqué a perder el tiempo de la manera más infame, o a gastármelo o a no hacer nada con él. Lo único que mantengo acaso es esto de escribir, pero ya ni siquiera en búsqueda de una estética o una voz que me caracterice porque sin leer esto de escribir no da buenos resultados. Tampoco volví a leer prensa, así que es muy poquito lo que puedo decir de este país y del mundo; me entero de algunos sucesos y eventos porque me tocan directamente, como aquel del virus H1N1, que me impidió ir a México, o que la Señorita Panamá declaró que la confusión se la inventó Confusio porque todos hacen chistes de eso. Por eso, pues, mi escritura se ha "ensimismado" tanto, porque no tengo material de otro tipo o por fuera de mis sentimientos que me permitan hablar de otra cosa.
Bueno, como sea, de todos modos les digo que me es muy grato saber que me leen y que les gusta el blog, que cada vez que recibo un comentario me lleno de alegría porque me dan más razones para seguir con esto que algún día, lo prometo, tendrá más forma y un poco más de contenido de lo que Estefanía piensa o está sintiendo. Por lo pronto dejo esto intitulado ya que soy malísima para eso y pocas veces acierto a la hora de hacerlo.