sábado, 26 de febrero de 2011

Adonde corresponda

Mi niño hermoso,
Van a ser las tres de la mañana y no he podido dormirme. Cuando me desperté, era 25 y se conmemoraban tres meses de tu partida que, espero y le ruego a Dios, haya sido al lugar más hermoso que tenga el cielo. Creo haber sabido qué era la eternidad cuando, no recuerdo en qué mes del año 2003, me dijiste que no me amabas más. El infierno, por tanto, fue mi vida desde entonces. Lugar más espeluznante que este mundo y esta actualidad yo no conozco, así que no creo que estés en uno que lo pueda igualar en crueldad, horror y miseria. Sin embargo, como no tengo certeza de qué haya después de esto, si nada o acaso un sitio, un estadío del alma y en miles de cosas en las que divago desde que supe de tu muerte por andar averiguando de tu vida, prefiero no quitarme la mía y procurar llevarla en paz en lo que a Dios le dé por resolver si me lleva contigo, con mis abuelos o quizás, porque te digo que no sé, haya hecho que reencarnes en alguien que acabe con esto que, repito, ha sido una eternidad. Y en este caso, no me interesa lo que hubiera dicho Spinoza al respecto porque tengo la ilusión y me da la gana pensar que de algún modo nos volveremos a encontrar.
Quise muchas veces decirte, como Frida a Diego y a Chavela "yo te nací". Sin embargo, las cosas terminaron en un "tú me moriste", y así como hay gente que dice haber vuelto a nacer, yo creo ser de las pocas que volvieron a morir. Tu muerte me murió en vida... por segunda vez. ¿Sabes lo que me costó aprender a vivir con el dolor de resignarme a no tenerte? Era como si me hubieran segado el vientre y la boca obligándome a respirar a manera de tortura. Tú supiste de los maltratos que sufrí en mi adolescencia, que alguna vez me apuñalaron inclusive y, aún así, nada fue más violento, brusco y tortuoso que tu adiós. Ahora, si puedes imaginar, pues imagina lo que me causó saber de tu suicidio. De verdad que no entiendo para qué Dios diseñó un cuerpo que a la humanidad y a la especie le será por siempre inútil. ¿Para qué senos si no podré amamantar a tus hijos? ¿y yo para qué voy a escribir si interés no tengo de trascender? La estética es para los estúpidos que crean y erigen héroes, y los héroes son todos unos imbéciles que si no se hacen matar, se hacen héroes por haber matado o sufrido de cuenta de algún miserable más miserable que ellos. ¿Y qué es esa pendejada de ser útil? ¿eso para qué? ¿a mí qué me importa serlo si ya tú no existes y yo existo para ti? Estética, esa que alimenta al espíritu, era el deleite que me causaba contemplar tu figura, esa piel canela, tus ojos miel, el pecho perfecto. Ni Kandinsky, ni Neruda, ni Gaudí me importan ya. Las letras que conforman los libros que empiezo a leer se confunden con las palabras que recuerdo que pronunciaste -todas y cada una. En todas las ciudades y en todos los hombres una imagen borrosa de lo que eras tú se me aparece. La obra arquitectónica más preciada ahora es esa lápida de cemento que tallaron con tu nombre y las respectivas fechas: 7 de septiembre de 1985 - 25 de noviembre de 2010. Abajo 12 - 431 - 3, y a esa cifra, a tu nombre dibujado como con un palito, a eso se ha reducido la belleza para mí. Y es que claro, debajo estás tú. No, más bien lo que fuiste. Sinceramente no sé.
Mi amor, ya que van a ser las cuatro y me voy a dormir, te ruego que me regales de cumpleaños un sueño contigo. Bésame de una manera que yo pueda sentirla, acaríciame el pelo o acuéstate a mi lado de manera que yo sienta tu presencia. Mira que mañana me toca celebrar esto que llaman vida y tengo que poner la mejor de las caras, dibujar sonrisas, expresar emoción y gratitud. Tú que te mataste, debes entender perfectamente lo difícil que es todo eso. Y por favor, donde quiera o en quien quiera que estés, espérame porque todavía no voy a irme y al parecer me falta un buen rato. Si ves a mi abuela, dile que no venga ella por mí. Y abuela, busca a Juan Pablo y dile que quiero que sea él quien me recoja. No sé, arreglen entre ustedes dos eso o hablen con Dios que lo han de tener más cerquita.
Te mando un beso. Te amo con toda mi alma.
Estefanía.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Ausencia

Decir que hay ausencias que matan es tan redundante como cantar sin pensarlo siquiera, al estilo de ese salsero mediocre, que su amada fue su media mitad.
La ausencia es, acaso, la presencia más latente y avasalladora. Y mata, claro, porque esa presencia llena de vacío y de soledad crea en el sujeto que la siente y la percibe un constante deseo de muerte, de no querer estar o existir, de perderse de esta vida, de ausentarse para siempre.
Aclaro que no es mi intención crear un oxímoron ni pretendo buscar figuras literarias para darle más fuerza a este escrito. Yo soy una escritora muy mediocre que se vierte, y a veces se deshace en letras precisamente por esas ausencias que describo... es la única forma de mantenerme viva. Ni sé para qué lo publico, sé que sólo estoy dándoles armas a mis enemigos.
En fin.
Advierto, caso aparte, que no respondo por la pobreza de mi lenguaje. El dolor que me produjeron dos presencias de ese estilo, es decir, la ausencia de dos personas, llevó a que me hicieran una terapia que ya describí aquí e hizo que mi memoria y mi bagaje lingüístico, de por sí pobres, se minimizaran.
No, no es que me tire duro, es que soy sincera.

Juan Pablo se me murió. Me dijeron que se suicidó el 25 de noviembre de 2o1o, pero yo vine a enterarme hace dos semanas. De él no sabía nada desde hace cinco años, pero, y lo sabrán decir quienes me conocen, siempre estaba presente en mis conversaciones a manera de anhelo, de despecho, de dolor, de amor del bueno. Ahora lo está, sí, pero como elegía, como un duelo que jamás podré elaborar, como dolor, frustración, impotencia. Hoy más que nunca siento que lo amo como no he amado a nadie, y creo que jamás podré amar de esta manera. En el fondo, pensaba que seríamos como los viejitos de El amor en los tiempos del cólera y que en nuestra vejez nos reencontraríamos para amarnos durante el tiempo que nos quedara de vida.
Pero no. La vida me lo quitó. Porque esta vida, al menos la mía, es una perra hijueputa que no me deja morirme pero me quita a todas las personas entrañables y valiosas, dejándome al lado a otras que estorban, dañan, cansan, martirizan.
Primero se llevó a mi abuela, luego a mi abuelo, luego a mi otra abuela. ¡Desgraciada! Me puso en frente a una psiquiatra que me separó de Juan Pablo, y no quedando contenta, dejó que se me muriera. En cambio a mí, a mí que la he retado tantas veces, que la rechazo desde que me levanto hasta que me acuesto, a mí me consigue hígados para mantenerme en este mundo de mierda, me da salud física en abundancia y tormentos del alma a granel para que, con cada respirar, desprecie más el hecho de estar aquí.
La maldita no valoró el esfuerzo que hice la otra vez de mandarla pa' la puta mierda tomándome un montón de pastillas, logrando acabarme el hígado y llegando al punto de estar en coma y toda la cosa. Faltando horitas para morirme, apareció un donante. Ella prefirió llevarse a otro que tal vez sí quería vivir para dejarme a mí aquí viviendo toda la inmundicia que me ha tocado vivir en estos cinco años. Y en cambio a Juan Pablo, que hizo exactamente lo mismo que yo, a él sí lo bendijo con la muerte.
Como me está fallando la memoria, no recuerdo exactamente en qué mes del año pasado conocí a Piedad Córdoba, mi ídolo, mi máximo adalid político. Hicimos una amistad tan bonita, tan maternal, tan increíble, que yo llegué a pensar que precisamente por eso estaba circulando en el planeta. Todo empezó a tener sentido, el sufrimiento por la ausencia de Juan Pablo casi había desaparecido, sentía que mi abuela me había otorgado esa relación para darme tranquilidad y sosiego, que la cabrona, es decir, la vida, por fin, ¡por fin! estaba siendo benévola conmigo. Bah, no sé por qué llegué a confiar en quien tantas veces, desde niña, me ha fallado. Ahora mi senadora me desprecia, no me habla, acaso me determina por cortesía contestándome que gracias con signos de admiración a los mensajes de texto que le mando por el celular, porque me bloqueó en el BlackBerry y creo que en el correo electrónico también. Ah, sí, y en el Twitter, aunque ese fue el cacorro que trabaja para ella, Andrés, que se cree su dueño, su marido o algo así. Pero de ese mandril no voy a hablar más, no merece la pena. Sólo diré que es el José Obdulio de la izquierda, como bien le dijeron en estos días, y nada más.
Ay, que se enoje ella por decir eso de él, ya da lo mismo. Además, ni creo que me vuelva a leer en su vida. Yo siempre digo las cosas como son y como las siento, y no por tratarse de su niño consentido voy a cambiar eso. Yo la quiero es a ella, la respeto es a ella, la admiro es a ella.
El caso es que sentir la presencia de su ausencia ha sido tan doloroso como la muerte de Juan Pablo. A Piedad la quiero más que a mi mamá, casi o igual como llegué a querer a mi abuela Lucinés. No me importa que ya me haga desplantes y que no sea conmigo como lo era antes (quedó un verso chueco que no pienso arreglar), que de repente me ignore, que me salga con reproches, yo la admiro muchísimo. No creo que vaya a lograr la paz del país, pero como a mí Colombia me tiene sin cuidado, me da como que igual. Y eso en definitiva no importa, porque los logros que ha obtenido son inmensos. Sólo en mí, logró lo que ni mi psiquiatra como en siete años pudo. Claro que ya todo eso se echó a perder, pero no importa, porque al menos puede presumir que Estefanía fue feliz durante unos meses, entre otras cosas, gracias a ella.
Como la vida mía es tan desgraciada, no creo que las cosas vuelvan a ser como antes con respecto a la senadora. Hará que, al igual que con Juan Pablo, sufra porque ya no pueda contar con ella, ni acudir a sus consejos, ni nada por el estilo.
Sólo espero no volver a conocer a nadie, ya no quiero. Por eso no volví a salir ni a la esquina. Ya no quiero volver a presenciar la ausencia de nadie... ah sí, que se vayan los que estorban.

jueves, 3 de febrero de 2011

Volver

Debía volver a escribir, ya se estaba volviendo imperativo. Perdonen si esta entrada no tiene la misma calidad de las anteriores, si es que acaso las anteriores tienen calidad alguna. La escritura, como la lectura, fueron atropelladas por la electricidad en el cerebro.
Hacía mucho que las entrañas me pedían que escribiera, que me vertiera en letras, que me expresara con caracteres. Lo intentaba, pero la mediocridad me invadía, o no, era la incapacidad, lo que llaman musa se había ido, eso que concatenaba las ideas con fluidez de repente se atascó.
Ahora que lo recuerdo, debo hacer una reseña sobre Juan Pablo para un portal del Medellín, porque él, como yo, y yo gracias a él, me volví hincha de ese equipo. Todo por un beso. Pero bueno, contaré esa historia donde corresponde, no acá, porque, además, me parece muy apresurado hablar con tan poco talento de una persona a la que amo tanto y que me merece las más impecables líneas de dolor, de duelo, de recuerdo.
Dejé los choques esos precisamente porque me estaban mermando en todo y robándome mis recuerdos más preciados, inclusive los más irrelevantes. Y de hecho, no me estaban ayudando a controlar la depresión pues, ¿cómo puede la energía eléctrica aminorar el dolor que causa el que aquel hombre que idolatro se hubiera quitado la vida? Y a ver, ¿qué podía hacer ella con respecto al desprecio que de repente empezó a sentir hacia mí mi máximo adalid político? No valía la pena entonces borrar los recuerdos que tenía de ellos para seguir añorándolos de todos modos. Mejor los añoro de verdad, es decir, recordando con dolor lo que ya no será. Si no, no sería añoranza, sino recuerdo vago y deprimente, nada más.
Una residente de psiquiatría me comentó que mis recuerdos y habilidades volverían, no todos, en seis meses. Sin embargo la doctora Irene, mi psiquiatra, con muchísima más experiencia, me dijo que si me lo proponía, si hacía esto que estoy haciendo, todo eso regresaría más pronto.
Obvio, yo no creo en musas. Creo en las neuronas que se queman con la luz, en los impulsos que hay dentro del cerebro, en lo que sea que radique todo eso que le da a uno la capacidad para escribir.
Además de todo eso, los electrochoques le quitaron el sabor al tinto (café) e hicieron que fumar no se sintiera igual. ¡Maldita sea! Eran las cosas que más disfrutaba hacer, y ahora, aunque lo hago, no es lo mismo. Pero bueno, yo me lo busqué.
Por lo pronto, tengo pensado, ahora sí, escribir un libro. Debo practicar porque, como dije, he perdido la costumbre, o más bien la habilidad.
Por lo pronto, es todo. Luego intentaré escribir con más soltura.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Electrochoques II

Ya me hicieron la primera sesión de la terapia electroconvulsiva. Dolores en la espina dorsal y en los músculos son la única novedad, aunque debo esperar, porque es la primera de doce sesiones, pero es que no puedo beber, pasé el 24 sin hacerlo.
Por cierto, no he olvidado nada. Las constantes ganas de morirme no han desaparecido, como tampoco las ideas obsesivas, ni los pensamientos que llaman algunos tanáticos. Por eso, me tocó meterme a la cocina y bogarme unas cuantas cervezas como si se tratara de agua, para soportar la realidad latente: que no tengo amigos, que estoy sola, y que ni siquiera una intervención de esas llegó a importarles como para que me dieran una llamadita. Claro, hubo gente que se preocupó por Twitter, pero yo por ahí no conozco a casi nadie personalmente, y no pasaron de los 140 caracteres... tranquilos, tampoco esperaba cartas, solo la de alguien que a duras penas se inmutó.
Cuando me trasplantaron, en cambio, todo Medellín asistió a verme al hospital San Vicente de Paúl. No era para menos. Se trataba de un trasplante hepático por intoxicación con acetaminofén y era toda una atracción de circo. Duré un mes en el hospital, además de haber estado en coma. Esta vez solamente fueron unas cuantas convulsiones que no duraron ni veinte minutos, nada de qué asombrarse, y menos viniendo de parte de una loca como yo. A la media hora ya estaba en la casa durmiendo la anestesia, como si nada. Después, un leve dolor de cabeza. Luego comí, pero no me dejaron beber.
Lo que quiero decir es que el cambio no fue sustancial. Aún tengo ganas, y muchas, de desaparecer, de morir, de no estar, de no existir. Quisiera tener la capacidad de enterrarme un cuchillo o de tirarme por el balcón, de encontrar un veneno bien potente, de salir corriendo y que me coma la noche fría y lluviosa.
A decir verdad, lo único que olvidé por un instante fue la fecha. En mi memoria aún están intactos los desplantes, las colgadas de teléfono, las negativas, las humillaciones, la fatalidad de haber vivido esta vida.
Los recuerdos más bellos están ahí para atormentarme y decirme que esos días no volverán.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Electrochoques

Pareciera que los electrochoques me los hubieran puesto hoy. Siento que he perdido toda capacidad para escribir y expresarme.
Iba a hacer un recuento de cosas que quiero que no se me olviden después de esa terapia, pero es que estoy convencida de que la mente sabrá ser sabia y borrará lo que ella sepa que más me afecta, inclusive las cosas buenas que, al recordarlas, me hacen sentir nostalgia y melancolía. Así que no, no enumeraré las cosas que quisiera recordar, porque de hecho quisiera que se me olvidara todo, como una manera alternativa de suprimir la existencia y así empezar, una vez más, como después del transplante, de nuevo.
Me los practicarán el 24 de diciembre. Recuerdo que mi cumpleaños de 2008 lo pasé en el manicomio, así son las cosas. Tal vez después de eso olvide que es 24, que mi familia está destrozada, que no debo beber, que no podré viajar porque me harán convulsionar hasta el punto que sea necesario para erradicar la depresión.
De todos modos, lo esencial no se olvida. Y el tiempo, que no es que lo borre todo, se encargará de enmascarar mis memorias y mis recuerdos para hacerlos más bellos y más dolorosos, porque nada es más doloroso que recordar. Supongo que entonces eso es un efecto colateral que se borrará con el pasar de los días y que, en realidad, lo que hará la electricidad será ayudarme a soportar la vida y a no tener que padecerla.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Carta a mi abuelo [Palacio de Justicia]

Esta carta fue escrita en noviembre de 2005, a propósito de la conmemoración de los 20 años del Holocausto en el Palacio de Justicia.

Hola Abuelo:

En los últimos días han acontecido cosas en el país que me han hecho recordarte. Hace casi tres años que no hablamos. Cuando salí al fin de la clínica, aun sabiendo que habías partido, llegaba a tu casa (la que fue nuestra) y te buscaba en tu alcoba, pues no te encontraba en el comedor leyendo la prensa, fumando y tomando tinto. Lloraba, lloraba mucho. Y es que, ese día en que partiste no me dieron permiso. Ese viernes me acosté después del almuerzo a hacer una siesta. Llegaron Juan, Cuca y Camilita junto con Andriana, la enfermera de Alborada, y me despertaron. Adriana tenía tres jeringas en sus manos. Clemencia lloraba y Camila, tu cuarta nieta, no era capaz de hablar siquiera.

Adriana me inyectó, y fue entonces cuando Juan me dio la noticia, pero los narcóticos ya habían hecho efecto y yo sólo alcancé a preguntar “¿cuándo? ¿Cómo? ¿Pero por qué, si estaba bien?”. Salí entonces al jardín y nos sentamos los cuatro a mirar el pasto. A mí sólo se me ocurrió interrogarme “¿Y entonces quién me va a contar la historia del país, quién me va a enseñar de política si pronto voy a volver a estudiar Derecho?” La vida dio muchas vueltas, abuelo, y pasaron dos años para que yo regresara a las aulas, pero para tu desgracia y las de mis dos abuelas, no a estudiar Derecho, sino Comunicación Social en Eafit. Pues, como sabrás, a los pocos meses de haberte ido, a mi papá lo nombraron rector de la Universidad de Antioquia y por obvias razones no me matriculé allá.

Ahora que estoy intentado ser periodista, se cumplió el vigésimo aniversario del holocausto del Palacio de Justicia, hecho del cual jamás me hablaste, quizá porque te dolió tanto. En ese entonces yo sólo tenía dos años y escudriñando en mi memoria sólo logro recordar la imagen de la televisión que mostraba el Palacio en llamas y a todos ustedes perplejos ante el televisor nuevo que había comprado Germán para ver el Mundial de México 86…nada más. Me cuenta mi mamá que ese fin de semana no quisiste ir a La Herradura ni a El Cabrero y que, estando ella embarazada de María, prefirió quedarse en la casa contigo para hacerte compañía. Me dice que cuando en la televisión anunciaban el carro fúnebre en que iba cada magistrado calcinado tú no podías evitar el llanto y la rabia. Fue entonces cuando comprendí que quizá nunca me hablaste sobre eso porque te pareció el hecho más vergonzoso y vulgar de la Historia del país durante tu existencia, y que por eso retrocedías hasta Bolívar y parabas en Marquetalia sin continuar, volviendo a empezar, una y otra vez…

Algunas veces, cuando te enojabas con algo que escribía López Michelsen, empezabas a hablar del MRL y del Frente Nacional, de tu amigo Estanislao Posada y de cómo el hijo del presidente al que más quisiste y admiraste y cuya biografía me dejaste por herencia acabó con el Movimiento “vendiéndolos”.

Recuerdo también lo que decías de Belisario: “ese es el tipo más bobo del mundo. ¿Usted no ha visto que una persona se vea más idiota que chupando paleta? Yo lo vi chupándose una paleta montado en un Renault 4 azul en La Séptima…¡mucho pendejo!, ¿ah?”. Nada más.

Y ahora entiendo también por qué nunca te gustaron los hijos de tu prima Emma, todos ellos militantes del M-19. Veo que no sólo por ser de la ANAPO y seguidores de Rojas Pinilla, sino que, por su culpa, a tus hijos no dejaban de acosarlos durante el gobierno de Turbay Ayala –ah, por cierto: se murió en estos días. Te lo cuento porque donde estás no llegó. En la quinta paila del Infierno debe andar-. Ese movimiento no te simpatizaba porque en parte tuvieron la culpa de lo que sucedió en esas noches atroces de noviembre de 1985. Al menos es lo que dice Carlos Betancur, uno de los pocos magistrados sobrevivientes.

Es que, verás: una profesora nos llevó a una exposición que hizo la Universidad de Antioquia para conmemorar los 20 años de lo del Palacio. Nosotros teníamos que sacar unas tesis sobre esa exposición. Fue impresionante, abuelo. Una compañera vomitó y todo. Allá había unos cuadros y unas obras muy abstractas que a ti no te hubieran gustado, pero a mí sí, y entonces me dio abuelitis aguda porque no lograba comprender nada. Otra vez volví a preguntarme: ¿Y dónde está mi abuelo para que me explique qué pasó acá?

Eso pasó el miércoles 19 de octubre, el mismo día en que aprobaron la reelección. Sí abuelo, la aprobaron; la Corte Constitucional lo hizo, me creas o no. Sólo tres magistrados se opusieron, entre ellos un Araújo, quien pensó en renunciar, y dijo: “eso pasó por mayoría de votos pero no por razones de peso”. Imagínate cómo no te iba yo a extrañar si en la mañana apenas me enteraba de lo que había sucedido en el Palacio de Justicia y por la noche me enteré de lo de Uribe.

Entonces regresé con Juan y con Pablito el sábado para tomar fotos y leer todo, mirar bien lo que había pasado.

Una canción que llegué a cantarte una vez, estando yo muy chiquita, recién entrada al colegio, no dejaba de retumbarme en la cabeza: “La bandera de Colombia es muy linda sí señor, ella tiene tres colores y por eso es tricolor: amarillo…y el rojo es la sangre que nos dio la libertad”

La canción es muy boba, ya lo sé. Pero siendo yo tu primera nieta me lo celebraste como si te hubiera cantado una canción de Lara.

El caso, abuelo, es que la bandera no es muy linda y los colores no simbolizan lo que la cancioncita esta ridícula que le enseñan a todos los niños en la primaria dice. Porque si el amarillo es el oro, ¿dónde está? Y luego me enteré que eran los rubios y dorados cabellos de nosotros. El ancho mar, en todo caso, como bien me lo explicabas hace unos seis años, Reyes se lo dejó quitar por andar componiendo versos de ortografía en el Palacio de Nariño. En la pérdida de ese ancho mar que no me tocó conocerlo azul sino contaminado y café clarito sí se derramó mucha sangre. La sangre sí es roja y se sigue derramando; se ha derramado tanta, abuelo, que yo creo que lograría uno llenar al menos el Océano Atlántico en caso de que se llegara a secar. Y en todo caso, no nos ha dado la independencia – como lo decía Santander en esa frase que estaba a la entrada del Palacio de Justicia- porque seguimos siendo sumisos ante el Imperio, y hoy más que nunca, porque Uribe ya no encuentra cómo más arrodillársele a Bush (ah sí, lo reeligieron y logró invadir Irak a punta de mentiras, por eso su popularidad ahora está en el 37%, cifra que espero repercuta en el enano este para tiempos electorales y que, al fin, Horacio pueda ser nuestro presidente). Esa sangre, como si fuera magnética, sólo ha traído más sangre, más guerra, más delincuencia, más hambre. Y lo raro es que desde que ya no existe ese Palacio, Colombia se volvió impune (sí, más) e indiferente. “Las leyes os darán la libertad”, concluía la frase de Santander.

Pero la justicia está estancada, atorada, casi muerta o infartada, agonizante. A los paramilitares los están amnistiando de la manera más cínica que te puedas imaginar. Y lo más extraño de todo esto, cuenta Petro, es que después de lo sucedido allí, y que, a pesar de todo, ese y los gobiernos que siguieron hicieron caso omiso a las demandas y exigencias de las víctimas, es que aniquilaron a la Unión Patriótica por entero, al igual que a casi todos los miembros del M-19, ya todos reinsertados y en la vida política. Fueron los paras, yo lo sé. Tú, la abuela, Germán y yo vimos a Carlos Castaño (también dicen que está muerto pero yo lo dudo) en el programa de La Noche declarando muy cínicamente ante todo el país que él había matado a Carlos Pizarro mientras se reía diciendo que había burlado a la justicia porque justo una semana antes lo habían absuelto de cometer ese crimen con la ayuda de Pablo Escobar.

Belisario, por su parte, acaba de decir que va a sacar un libro póstumo con toda su “verdad”. A mí me enseñaron en filosofía que La Verdad era una, y más en estos casos. No entiendo cómo a un señor de este tipo lo tengan como miembro honorario en la Real Academia de la Lengua Española, y menos que sea un asiduo lector de Kavafis. ¿Lo entenderá? Si a él en esa misma semana le advirtieron lo de Armero y no quiso hacer evacuar la zona que para no alertar más al país. Y a mí que se me figura que quería que esa tragedia pasara para que literalmente se sepultara y se dilapidara lo ocurrido en el Palacio. Parece que resultó. Muchos no sabíamos de eso, yo ni enterada estaba. Recuerdo más a Omaira, esa niña que lloraba agarrada a un tronco atrapada entre piedras y lodo mientras todo el país y el mundo entero la miraba, estupefacto, porque no se quejaba ni de hambre ni de frío.

En ese Noviembre Negro, Carlos Betancur, habiendo logrado salvarse de esa barbarie, perdió a ocho familiares en Armero. Hace mucho énfasis en la impunidad y dice que acá no pasa nada. Yo lo que creo es que pasan tantas cosas que ya nos volvimos indolentes. Igual y quienes pueden hacer algo no lo hacen, fingen demencia, ya ni sé.

Lo que veo es que ríos rojos se escurren a nuestros pies convirtiéndose en los listones de una bandera que nos representaría muy bien…

Dos años después aportarías tú la cuota que te tocaba. Tú, la abuela, Susana, tus hijos. Allá estás ahora con él. Pero Rodrigo no se pudo dar el lujo – y creo que son contados los colombianos que se dan el lujo de morir de viejos en una cama rodeados de sus seres queridos- de partir al otro lado como lo hicieron tú y la abuela.

Tú, que lograste sobrevivir a las camisas negras de Laureano y a los matones de Rojas Pinilla; tú, que lograste huir de la cárcel sin explicarte cómo para encontrarte con la noticia al día siguiente de que quienes habían sido arrestados a tu lado, esa noche murieron ahorcados, tuviste que aportar tu cuota de sangre entregándole a las fauces de la violencia la vida de Rodrigo Alberto.

Yo no tengo que contarte lo que pasó allá. De hecho esperaba que lo hicieras. Pero me acaba de recordar mi maldito sentido de razón que no vas a hacerlo. No importa. Ni quienes vivieron ese infierno saben en realidad qué pasó, aun después de 20 años. La Universidad de Antioquia me abrió las puertas de la inquietud haciendo una fe de erratas, un memorial de agravios en una exposición de cuatro galerías. Luego, leí el discurso que hizo Betancur para inaugurarla, y un pedazo de un libro, pero como estaba escrito por una mujer se me volvió aburrido y lo paré.

He aquí el motivo de mi carta. Las tesis no las expondré porque ya se las dije a mi profesora.

Dentro de lo que cabe, estamos bien. Hasta trabajo tengo… siento mucho que ahora no estés acá conmigo y me disculpo por hacer de tus últimos días un calvario, aunque creo que comprenderás que el que yo vivía entonces a causa de la adicción no tiene nombre. Ya María se regresa de Buenos Aires; la boba sólo se aguantó un año allá…y Pablo: al pobre Pablo lo contagiamos muy chiquito de lo que me contagiaste a mí, entonces sufre mucho. Lo hubieras visto en el Museo dándole patadas a las paredes de la ira que le dio al saber que eso había sucedido en este país.

Tus hijos, pues regular. Rey está sin empleo y a mi mamá ya le quitaron un contrato que tenía con el ITM. Clemencia tuvo una fractura muy grave en una pierna y le diagnosticaron osteoporosis, cosa que es grave porque le apareció en una edad muy temprana. Rodolfo se apartó de nosotros desde ese diciembre del año en que te fuiste. ¡Ah!, a propósito: te cuento que tienes una nueva nieta, se llama Juana. Yo la conozco por fotos que nos reenvía María a través del Internet. Cuéntale a la abuela, se va a emocionar porque sé que le encantaban los nietos. Nació el 1 de septiembre en Las Américas, tu última morada. Justo el mismo día del accidente de Cuca. Rodolfo sólo le mostró la niña a Germán, a María sólo le envía fotos, pero como su mujer lo apartó de nosotros y lo convirtió a La Obra, ni siquiera nos contó que ya era papá.

Álvaro se está quedando ciego y a Cuca la dejó Bernal…razón tenías tú al decirle cuando lo conoció que un sobrino de Chepe Metralla nada bueno podía tener.

Juan sí está bien, sigue siendo el mismo. A mí me rescató y me cuidó durante un año, incluso me llevó a Nueva York el año pasado y allá nos acordamos mucho de Doña Luz. De hecho yo la recuerdo mucho. Ya dile que deje de estar jugando con su mamá Paulina y con Rodrigo, que yo la necesito. Dile a ella y a doña Betsabé que vengan por mí, porque muy a mi pesar vivo. Justo dos semanas después de haberte ido, intenté alcanzarte, pero un muchacho me salvó la vida y luego me la convirtió en un infierno al abandonarme…con el mar entero de su silencio y la piedra de su corazón me hizo miserable.

Pero, a pesar de todo, me va bien. Y cada que me va bien me acuerdo de ustedes, quienes me enseñaron lo poco que sé.

Te quiero mucho, abuelito. Espero te haya gustado la estampilla que te escogí. Es que la otra vez que pinté al Che para una tarea del colegio vi que pusiste el cuadro en tu pieza mientras se secaba para podérselo regalar a Correa. Pero no se la muestres a la abuela porque ya sabes que no le gustaba que fuéramos comunistas.

Dile que mejor le escribo una carta a ella después con otra estampilla, que no sea celosa.

Y a ver si hablas con la Providencia para que podamos vender la finca y las bodegas para salir de las deudas. Y por favor, aparézcanse más seguido en mis sueños, a ver si logro recordar el timbre de voz de ella, que fue mi precio a pagar por hacerle duelo.

Siempre te recuerda,

La Niña (cuando silba, monta a caballo o acontece algo en el país, especialmente)

martes, 2 de noviembre de 2010

A lo mera hembra

De algo tuvo que servir el periodo de abstinencia. Así, ahorré la plata suficiente para estar hoy bebiendo del mejor tequila, enfrentando mis penas como lo hacen los machos de las películas mexicanas... o las hembras como Chavela, todo depende.
Es sólo que como yo no vivo en México, en uno de esos ranchos de los que muestra el cine de Vicente Fernández, como lloré toda la tarde, inconsolable, logré que me inyectaran Valium y me dieran altas dosis de Rivotril. Es una lástima que toda esta combinación no sea letal. Que ni siquiera sirva para una sobredosis, y que sólo logre apaciguar el dolor inmenso que siento en el alma.
Ya ni Chavela es buena para oír, ni Lila tampoco, porque ambas me recuerdan a esa época de felicidad que no habrá de volver, y entonces vuelvo a romper en llanto. Pero bueno, ya tengo mi tequila, ya tengo mi inyección, ya me tomé mis pastillas. De algo habrá de servir... y pensar que mañana me revisan el hígado en el Pablo Tobón. Sé que como siempre, todo saldrá a la maldita perfección.
Durante los últimos días he maldecido bastante a toda mi familia y a los médicos que creyeron haberme salvado porque permitieron que siguiera viviendo. Si en 2006 hubiera muerto, harto dolor me habría ahorrado en estos cuatro años.
Y en cuanto a la felicidad, a la sensación de cobijo y sosiego, fui demasiado tonta, muy estúpida. Si por experiencia he sabido que las cosas así no duran, ¿por qué me permití sentirlas? Bien andaba yo por mayo acostada en esta cama sintiendo que nada valía la pena. ¿Para qué, con qué derecho me sacaron de aquí y me hicieron creer en la eternidad del cielo? Como dice la canción, ¿dónde están las promesas y los amores eternos? Bah, duele mucho saberlo, pero mis papás, que no comprenden nada, son lo único que tengo.
En cuanto a mí, ¿cuándo aprenderé a no querer tanto? ¿cuándo me daré cuenta de que siempre, por más que lo intente, termino en el más rotundo de los fracasos, herida, maltrecha? Soy una total gonorrea que no merece nada.
Hay que sorber tequila para que no duela tanto, el Valium no sirve de nada, y el Rivotril tampoco. Por cada asomo de llanto entre los ojos y la garganta, va un trago, para que no haya lágrimas, pa que el dolor se espante. Intentaré ser machita y aguantar en silencio. Las hembras no se quejan, ni se lamentan, salvo cuando pasa algo como cuando a Chavela se le murieron Frida y José Alfredo, cosa que no es muy distinta en mí, pues de cierta forma se me murieron, a la vez, de la manera más absurda e inesperada, quien fuera mi Frida y mi José Alfredo al mismo tiempo. Y a la chingada con todo.
¿Hasta cuándo será este dolor? Supongo que mientras haya tequila lo aguantaré.