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domingo, 18 de abril de 2010

Las crueldades del corazón y la mente

Ahorita pasé por un lugar cualquiera, y no había nada que me recordara a ti, salvo todo. Entonces me aventuré a imaginar que de repente alguien me llamaba "Tefa", y que volteaba y eras tú. Recreé un posible beso, un posible irnos tomados de la mano hacia el Parque del Poblado, no descarté que, por cortesía, me ofrecieras la chaqueta por si tenía frío, y un montón de cosas que pude haber hecho realidad si cambiara el pronombre personal de este texto y hubiera decidido escribirlo, para mentir haciéndolo una verdad en las mentes de mis lectores que recrean sin importarles si esto es o no cierto. Por lo menos así las cosas hubieran ocurrido, aunque parcialmente, y sólo yo en mi patética soledad sabría que no fue así.
De hecho recuerdo que otra vez quisiste llorar, y yo también. Nos abrazamos muy fuerte, por muy largo rato, y después me diste un beso en señal de consuelo.
Hace no muy poco una persona me dijo por medio de Twitter que, aunque sonara cruel, mi sufrimiento le hacía gozar. Y yo, por qué no decirlo, a veces pienso que Dios te puso en mi camino nada más para eso, para que yo, por medio de tanto dolor, pudiera recrear a los demás con lo que se deriva de todo eso y termino escribiendo. Porque sólo tú me inspiras, sólo por medio de la inmensa frustración que siento de no tenerte, de no poder siquiera tocarte, de saber que no me quieres y que ya no hay chance de nada, ni siquiera de morir -una vez más, como lo logré cuando pude, o más bien, cuando lo logré como pude- y poder, al fin, descansar de tanto amarte y de no tenerte.
Creo que fue muy cruel que me hubieras dicho que querías vivir para siempre conmigo ahorita. Lo hiciste una vez, de verdad, y lo hiciste hace un momento, en mi mente y de mentiras. A mí me parece que por lo menos dentro de mi imaginario deberías aparecer más realista conmigo y no andarme ilusionando como lo hiciste cuando estuvimos juntos. Al menos te pediría que no fueras tan hermoso, que tus ojos no fueran verdes, ni tu piel color canela. Te suplicaría no tener el cuerpo con el que suelo imaginarte, ni que me trataras con la bondad con que me tratas.
Para rematar, en esa discoteca que puso Juan Gonzalo cerca de mi casa y de la cual se alcanza a oír toda la música, sólo ponen aquellas canciones que solíamos oír juntos. Es como si ese DJ me conociera mis más crasas añoranzas y mis más profundos recuerdos. Había decidido, a pesar de mi masoquismo, no volver a oír ningún tipo de música, pero estoy considerando seriamente que, o estás allá poniéndola, o esto es una afrenta perpetrada por el mismísimo diablo.

viernes, 19 de diciembre de 2008

El breve espacio en que no estoy

Al fin pude encontrar el texto completo, si es que alguien había empezado a leerlo
Ay dios mío, cómo pierden encanto las cosas escritas en un papel cuando se incrustan en una hoja que simula serlo, metida dentro de una pantalla que no permite que la tinta se corra a medida que el escritor va llorando mientras recuerda, especialmente cuando recuerda lo que ya había plasmado en rojo descarnado, especialmente cuando lo transcribe y ve que la exactitud milimétrica de estos programas constriñen el alma y el pensamiento.
Pero bueno, lo que hoy entendemos (decimos que es) modernidad no sólo ha traído consigo estas facilidades tan poco románticas y sumamente pragmáticas. También, cómo no iba a hacerlo, trajo consigo lugares de encierro bautizados con toda clase de eufemismos, construidos y ubicados en lugares exclusivos. El área de la salud, por ejemplo, se ha prestado para esto de manera incondicional: leprocomios, manicomios y todo tipo de jaulas donde se encierran (lo que presupone de inmediato un rótulo para el sujeto que ingresa, no se sabe si por voluntad propia o a la fuerza, todo depende del caso, conste que me pasé una vida entera intentando que me creyeran que estaba loca y por desgracia lo logré) no tanto a personas que atenten en contra de las leyes establecidas por el Estado, pero sí cuando alguna “atenta” en contra de las leyes establecidas por la moral erigida en nuestra ya milenaria sociedad occidental y moderna, ultramoderna, posmoderna - que ,para el caso, la cosa viene a ser lo o la misma (no excluyamos al género correspondiente, esto no debe hacerse en un trabajo que versa sobre la exclusión, y muy bien sabemos cómo se las gastan las feministas con las y los artículos, así estos sólo sean de género masculino…), pues de las torturas y martirios de la Inquisición durante el Medioevo pasamos a los actos de buena fe que cambiaron las hogueras por guillotinas, los grilletes por camisas de fuerza, la Iglesia por la sumatoria de las voluntades (a esto también se le conoce como democracia); que ya las brujas no son brujas, que ya los poseídos por el demonio no gozan de tal privilegio sino que están locos y con la mejor suerte que podemos correr, tanto brujas como poseídos, es con el reciente apogeo de los electrochoques, mismos que estuvieron en desuso porque, en un momento de extraña lucidez, la psiquiatría descubrió que eran tan nocivos en determinado momento como lucrativos en el de ahora. Freír el cerebro con no sé qué tantas cantidades de voltaje, hoy es tan común en la medicina como aquello de inyectar plásticos que se adaptan al cuerpo humano y terminan por curar la fealdad o la vejez.
La gente “de a pie”, como les dicen no sé dónde, ignora por completo que aún encierran en los manicomios sin diagnóstico alguno (también les fríen el cerebro) a muchas personas. Yo, por ejemplo, siempre creí que eran cosas de la primera mitad del siglo pasado, acaso algo muy común en la época de Chejov, cuando escribió La sala número seis.
Llegando a este punto, recuerdo aquella novela corta y mi breve estadía en el “enfermatorio” de Santa María de los Ángeles, cerquitica al Club Campestre, en la casa que fuera de una familia de renombre en la ciudad, la región y el país. Obvio que me refiero a la familia y no a la casa, que también debe tener renombre, reputación y prestigio en esos tres ámbitos, desgraciadamente no por su belleza arquitectónica ya ultrajada “por el bien del paciente”, sino porque (más o menos desde el nacimiento del nuevo milenio) cada vez que alguien acude a un psiquiatra y se pone a llorar, terminan encerrándolo arguyendo que el recién entrado en desgracia sufre de depresión.
He aquí, pues, un episodio más de las fantásticas y terribles aventuras y desventuras de Estefanía Uribe:


La mano tiembla, no es para menos. Antes tuvo que buscar a Joan Manuel Serrat, ponerlo a sonar. El miedo y la tristeza, quién sabe por qué, cuando oyen música, se esconden…estando uno ya afuera, claro.
Adentro, allá…allá, por el contrario, la “Loca de la casa” hace de las suyas y, de todos los internos, es la única a la que no pueden encerrar en aquel cuartito de muy poquitos metros por otros tantos aún más pocos; no la amordazan, tampoco la “inmovilizan”. Creen los gendarmes y autoridades de aquellos lugares que la aplacan con eso que llaman medicamentos de nueva generación (Prozac, Remeron, Zolof), un poco de litio, otro tanto de ácido valproico y barbitúricos y benzodiazepinas en todas y cada una de sus presentaciones.
Como quien está escribiendo esto fue a parar allá por razones aún desconocidas, no tenía un diagnóstico en su historia clínica distinto al de “Pte con transplante hepático” (SIC) y, encima de esta, una cinta rotulada en tinta negra y caligrafía clara con la advertencia de “No inmovilizar”. Siendo así las cosas, a esta sólo le suministraban el Rivotril que toma desde la última temporada que pasó en aquel “pedacito de cielo” tan acogedor hace cinco años, paraíso terrenal donde recién habilitaron las piezas a manera de morgue con lámparas de neón y camas de enfermo, para que así el impaciente paciente pueda darse cuenta de que efectivamente padece de algo o, al menos, que no debe sentirse cómodo, como en su hogar. Uno de los accionistas, digo, psiquiatras, le dijo que sufría de un TAB. “¿Tab? ¿Qué es eso?” “Estefanía, usted es maniacodepresiva” “Ah, ¿no me había dicho que tenía un TOC y que sufría de depresión?” “Sí, de eso también”. A decir verdad, a los múltiples psiquiatras que me vieron durante el periodo que sucedió a la muerte de mi abuela, y sólo porque el tema no estaba tan de moda, lo único que les faltó por diagnosticarme fue un TLC…no es broma, es cosa que me aflige y me angustia (o si usted lo prefiere, entre también en la onda de los neologismos que llegaron con los eufemismos de la nueva era, la psiquiatría bioquímica y Paulo Coelho; llámele a eso estrés, que ya la Real Academia lo aceptó con todo y tilde).
Ahora bien, no es que la nueva trova cubana guarde un puesto especial dentro del lugar de mis afectos musicales, pero sí hay que admitir que tiene títulos y frasecitas que tienen su poética y sirven para nombrar lo innombrable. Cuando desperté en posición fetal en “El breve espacio en que no estás”, del cuartito aquel donde no encierran a “La loca de la casa” y en el que me dio un ataque de existencialismo excelso al estilo Hamlet -de ese que nada tiene que ver con el muy rancio que promulgaron esposos o señores Sartre hace como seis décadas- me rondaba en la cabeza una cita de aquella tragedia de Shakespeare que puso Borges en su idioma original cuando empieza el cuento de El Aleph: “Oh God, I could be bounded…” por alguna razón no lograba completarlo en inglés, pero yo, muy en el fondo (quizá se quedó anquilosado en el inconsciente, en la inconciencia del olvido, en el olvido inconsciente o vaya usted a saber dónde) me lo sabía. Y la cuestión aquella de la que todos hablan, de la que todos dicen, esa que tanto citan fuera y dentro de los teatros con o sin un cráneo en la mano y que pierde todo el sentido gramatical, semántico, pragmático y sintáctico, todo en absoluto cuando se traduce al español, aquella primera conjugación que se les enseña a los estudiantes primerizos del inglés y de la cual todos se burlan porque “es la más fácil” no hacía otra cosa que pegar alaridos ayudada por “La loca de la casa”, obligándome a responderle que sí, que ahí está el maldito dilema, la pregunta, la grandísima cuestión .
Doce horas con uno mismo a eso lo llevan, a comprender la Relatividad de Einstein, y esa sin haberla leído siquiera por miedo a la incapacidad de comprenderla. ¿Cuántas horas son quinientos minutos? Un mes, lo que dura mi plan del celular, y eso podría entonces traducirse a pesos. Encerrada, con venoclisis pegada a la muñeca de la mano derecha, sin zapatos, con frío y observada: un lapso de tiempo interminable, insoportable, inagotable.
¡Ay! ¡La cara! ¿Por qué me duele la frente, un ojo, siento un sabor oxidado en mis labios inflamados? De allá, en la noche, me sacaron en una ambulancia, no sin antes que el chofer me advirtiera: “No se vaya a hacer amarrar pues (le faltó decir loca hijueputa), no hagás más difícil las cosas, vieja, que si cooperamos nos va mejor” “¿Y este otro por qué me dice eso si estoy desde las cinco y media de la madrugada acurrucada, pensando en Hamlet?” Ay, sonsa, ¿no ves que vas de la sede de un manicomio para la otra, la lujosa? Aunque la loca se porte como una seda, loca se queda, cualquier refrán recompuesto, descompuesto y vuelto a componer sale; un manicomio es un manicomio y el paciente que entra allá por la razón que fuere no deja de ser loco ante los ojos de dios, la gente y los choferes de ambulancias. Si uno llegó además en patrulla y escoltada por unos policías a los que el señor rector de la Universidad de Antioquia trató de impresionar y disuadir diciendo que era tal, con él presentándose ante el enfermero e insistiendo en el cargo que desempeñaba y recordándole que la muchacha tenía antecedentes porque había estado allá, un chofer de ambulancia tiene muchas razones por las cuales puede amenazarlo a uno con causarle el mayor de los males: amarrarlo. ¿Quién habría de juzgarlo por ello? La paciente había hecho más que suficiente (más bien era lo suficiente y había estado lo suficiente) para merecer tal amenaza. Ella soportaría ponerse una camisa verde (amenazada) para arengar a cierto equipo en el estadio, también estaría dispuesta a soportar (y así fue) cuantos golpes físicos puedan propiciarle, incluso a someterse nuevamente a un transplante hepático, pero a lo que más pavor y miedo le tiene en la vida es a que la amarren, a que la “inmovilicen”…
Entré a la otra sede, reconocí varias cosas. Casualmente, esta vez, lo primero que saltaba a la vista era un cuadro de Ofelia, aquella mujer que no soportó una vida sin el hombre al que amaba y se tiró al río; el retrato de la Ofelia suicida que otro accionista de la clínica que trató a la Estefanía suicida de siempre tenía en su consultorio de la Clínica Medellín de El Poblado, en la de no me acuerdo dónde más y tal vez también la tenía como estampita laminada dentro de la billetera y como amuleto colgado al espejo retrovisor del carro porque cada vez que la muchacha lo veía, veía el mismo retrato en distintos tamaños y formas. Como si con su vida no hubiera sufrido lo suficiente y lograra escaparse del suplicio de vivir unas horas tranquilas dentro de esos lugares, Van Gogh apareció en el consultorio de las consultas generales. Supongo que allí nadie estaba ni estará tan atormentado como él; puedo decir que su semblante me preocupó, pero es que el semblante de las víctimas que allí nos encontramos tiene que ser preocupante, de otra manera no ocuparíamos brevemente (eternamente y en su infinitud) el espacio y el tiempo donde nos encontrábamos. En todo caso, de los demás, simplemente me dije “yo con estos locos hijueputas no me junto”. Ay Estefanía, y ver de lo que te estabas quejando hace unos pocos renglones. “¿Y este otro quién se cree para preguntarme por qué estoy acá?” “¿Por qué una enfermerita auxiliar que en su vida no ha hecho otra cosa que lavar micas me ignora a mí, justo a mí, y encima me da órdenes?” Ja, trágate tus palabras, niña malcriada y ve quién eres realmente, tú que no discriminabas a nadie “sin importar su condición”, ya estás pelando el cobre. “¿Usted se quiere morir, oye voces?” “Bueno, ¿acaso no tienen otra cosa qué preguntar acá? Esas preguntas, además, sólo tiene derecho a hacérmelas mi psiquiatra, no una enfermera. Voces distintas a la suya o a la de la viejita cansona de la habitación del frente no oigo ninguna, y en cuanto a si me quiero o no morir, ese no es problema suyo” Eso, así habla la que quiere tener un hogar para el adulto mayor y dedicarse algún día a la geriatría, ejercicio que por demás requerirá de la ayuda de más de una enfermerita que lava micas, cambia pañales y consuela a muchos de los pacientes sin estar en la obligación de hacerlo. “Oiga, ¿aquí por qué no hay gente de mi edad?”, le pregunté. Por dentro, decía “Esto está lleno de viejos, he venido a parar a un ancianato”. Contar lo que se me pasó por la mente cuando observé el modo de vestir, actuar y hablar de las señoras que dormían en la pieza del frente y la compartían me ruboriza en estos momentos de apreciable tranquilidad “¿cómo viene a parar este tipo de gentecita a una clínica tan cara como esta? ¿Por qué, si la EPS mía me paga habitación individual y sigo siendo hija de mi papá, a estas señoras tan lobas las atienden mejor?”. No fue cosa que me preguntara sólo ese día, sino que recalcaba cuando veía el añaje de sus visitas y lo comentaba con una amiga entrañable que tuve la fortuna de conocer al día siguiente.
¿Y mi psiquiatra? ¿Esa por qué no llega? Estando en “El breve espacio en que no estás” la esperé como esperé a Juan cuando se fue a vivir un año a París. “A mí la cabeza no me la revuelca otro hijueputa loquero de estos, a mí me trata Irene González, esta tracamanada de pastilleros no me va a joder la vida, no más de lo que me la tienen jodida” Lo que pasa es que mi psiquiatra no es cualquier psiquiatra y yo que he tenido más de esos que años puedo decirlo con toda propiedad. Lo que es inadmisible, en primer lugar, es eso de loquero, porque cuando uno se enferma de gripa no le consulta al gripero, ni cuando le afecta la digestión busca un tripero. En cuanto a pastilleros sí es más que justo, más aún cuando me enteré que la doctora Irene tuvo que consultar no con cinco colegas y alumnos suyos, sino con cinco accionistas de Sameín para que pudiera verme (a mí, la hija del rector, mejor que no sobre), atenderme, tratarme. La idea de encanarme, al fin y al cabo, no fue de ella, pero dada la situación, dentro de un manicomio el médico tratante no puede ser un otorrino. La trataron muy amablemente, me cuenta, por tratarse de ser ella, del prestigio con el que cuenta, pero ellos insistían en que tenía que ser un psiquiatra de la institución quien me tratara, como si eso del vínculo terapéutico fuera tan espontáneo como el beso que se le da a la persona que uno ama o el abrazo fraternal y sincero que se le brinda a un amigo cuando lleva mucho tiempo sin verlo.
Hablando de amigos, sí conseguí algunos. Por experiencia puedo jurar que en ningún otro lugar se hacen amistades tan entrañables, encantadoras, ideales y perfectas como en los hospitales, no sólo mentales, sino de toda clase. Es de esperarse, además, porque el hecho de estar encerrado no le quita a uno su condición humana. Miserable al fin y al cabo, pero humana, y mientras más teorías tenga uno bailando con “La loca de la casa” más se da cuenta de la infamia a la que puede llegar uno si no para la musiquita y hace que paren el baile, no vaya a ser que se enloquezca uno en serio viendo cómo, por ejemplo, un muchacho de raza negra apareció en el comedor -área exclusiva para pacientes- y empezó a cambiar los canales de la televisión sin permiso de nadie. ¿Qué va, si a mí me parecen una chimba los manes negros, si yo voté por Piedad Córdoba, si una de las personas a las que más admiro es Martin Luther King? Me acordé mucho de una discusión que tuve en un lugar muy parecido (peor) con un amigo, valga volver a decirlo, entrañable y en la cual me decía: Preciosa, el día que a ti un marica negro te quiera dar un pico o se te arrime a saludarte me vas a dar la razón.
Lo cierto es que, pese a lo que yo estuviera sintiendo y pensando, la gente nunca se sentaba a hablar con él, entre un máximo de 22 personas que hubo, a nadie se le ocurrió formularle la única pregunta que se le hacía a los pacientes a medida que iban llegando: ¿Y vos por qué estás acá? Ni siquiera eso. Si acaso se referían (nos referíamos) a él como Universidad de Medellín en alusión a un saco de color blanco que tenía, inscrito en letras rojas, el nombre por el cual lo identificamos hasta que se marchó. Sí, así como si fuera un detestable personaje de Saramago, aquel que mata a la mujer del médico y lo identifica como el hombre de la corbata azul con rayas (¿o bolitas?) blancas. Y a mí, que siempre me he considerado una defensora de la causa negra (si es que hay tal) nunca se me ocurrió siquiera preguntarle el patronímico a Universidad de Medellín, ni saber por qué estaba allá o haberle ofrecido algo de la muy variada comida que me llevaban mis tíos y de la cual yo no probaba bocado.
Yo me despertaba, más o menos, entre las once y media de la mañana (si tenía llamada por parte de Luz María o me iba a revisar mi psiquiatra) y las dos de la tarde. Después del almuerzo algunos se dedicaban a eso de la terapia ocupacional. “Bah, yo ya he hecho tanta maricaíta en estas clínicas que no voy a perder el tiempo pintando esos muñecos de icopor tan mañés que la viejita chillona le pinta a sus nietos, mejor me pongo a escribir”. No era que alguien dijera “Ya tienen tiempo libre, hagan lo que quieran, ustedes maniacos se juntan con los maniacos, ustedes los cuerdos se juntan con los menos locos y los depresivos estables, ustedes, las de habitación propia, se juntan allá”. No, nadie lo decía, nadie lo ordenaba, nadie lo pedía, pero así era. A medida que la menos loca demostraba su amor por Bucaramanga, fue cayendo gorda y de paso en desgracia porque de inmediato la apartamos. A la otra, que tenía habitación propia, no nos la aguantamos porque dentro de su manía le dio por preguntar qué cosas cubría Susalud y cuáles no, entre ellas un posible transplante de hígado ya que alegaba haber bebido mucho en la vida y prefería tener un donante sana que enferma. Fue así como ella terminó siendo inseparable de Ecopetrol (la santandereana) y otros cuantos, en medio del desconsuelo propio, se unieron a la megalomanía de La Rosa Mística, quien se arrodillaba cada vez que Álvaro Uribe aparecía en la televisión y les decía a los enfermeros que el único que podía mandarla a acostar era él, que ya estaba durmiendo sus cuatro horitas.
En cuestión de dos días (ya dije que el tiempo es muy relativo) volví a ser yo. Me encariñé mucho con la ancianita que lloraba durante la primera noche que pasé allá. En las mañanas me despertaba cantando “Alabaré, alabaré, alabaré, alabaré, alaaaaaaabaré a mi señooooor”. Enojada, salí de la habitación rascándome la cabeza y ella hizo la onomatopeya del gallo. Siempre que yo la veía la hacía. Entonces Boris, un enfermero al que por sordo creían bobo, me dijo que era su forma de llamarme. Yo me le acerqué, me dio la bendición y me dijo “Mi Gallito de la Pasión”. María Antonia se quedó atorada en la Semana Santa y así como contaba historias y pasajes bíblicos con pelos y señales, mezclaba la apariencia física de quienes estábamos allá con personajes de la Pasión, de su infancia, de su familia y de las personas que se le habían muerto, entre ellas su marido, por quien en principio lloró las primeras noches que estuve allá. Como sus hijos vivían en Manrique no tenían oportunidad de visitarla mucho; la señora se mojaba en la cama y muchas veces aguantaba frío porque se la lavaban y tenía que esperar a que se la secaran. No obstante, dentro de sus momentos de lucidez, decía: acá comemos y nos atienden mejor que si estuviéramos en el Intercontinental. Gallito, ¿me das un traguito Coca Cola? He tomado champaña, ¿cómo no voy a tomar Coca Cola? Yo tomé champaña cuando me casé, sabe horrible, pero he tomado champaña. Le di una botella de 600 mililitros y se la bogó toda. Al momento eructó, se sonrió, y empezó a volver a cantar. Yo la acompañé silbando y fue cuando Adriana, no me explico por qué, se sentó a mi lado y me brindó la atención y la comprensión más maternal que he podido recibir en los últimos años de parte de una persona ajena a mi mamá.
Nos pasábamos tardes enteras comiendo papitas fritas, jugando Rumi Q y fumando como putas encerradas (lo de encerradas me consta, lo otro no). Una noche se sentó a jugar con nosotros una muchacha de la edad mía a la que sólo le conocimos la voz un día antes de su salida, mismo en el que ingresó Felipe por problemas de adicción. Yo creo que entre mis chistes malos, mi forma de remedar al gallo y la belleza del muchacho la hicimos sonreír. Me dijo que yo era la única persona que había logrado hacerlo y me lo agradeció. Lástima que se fue cuando se estaba aliviando…es que allá hasta lo más lógico se vuelve absurdo.
Luego llegaron los niños. Uno de 12 con un problema de anorexia que asustó hasta a los más “idos”; otro de 14, que lo metieron allá porque no soltaba el computador. Entre el carisma maternal de Adriana, mi interés por la hermosura del de 14 y la inteligencia del de 12 (que es hincha del Medellín) formamos un quinteto con María Antonia. Luego se nos unió Ana María, con quien hice empatía porque una noche nos sentamos a hablar de los efectos de las drogas, de cuánta falta nos hacían, de cómo la adicción a las mujeres nos puede llegar a degradar hasta puntos inimaginables. A ella le tenía un poco de miedo porque, estando yo en Alborada, recuerdo que a su novia la convencieron de que no era homosexual y las apartaron. Miedo porque al final estaba haciéndome insinuaciones y uno está dispuesto a aceptar a los homosexuales siempre y cuando no se metan con uno…suena espantoso, pero es la verdad.
Lo que pude ver es que a medida que hay exclusión, hay unión. Quienes segregamos nos juntábamos entre nosotros, quienes eran segregados y quizá también nos segregaban se juntaban entre ellos para rezar el rosario y cantar mientras nosotros oíamos música porque teníamos iPod con parlantes, teníamos varios temas de interés en común (por lo general políticos y de carácter intelectual o de género), así como los locos, aquellos a quienes nosotros estando allá bautizamos así por no estar tan cuerdos, estaba, cada uno de ellos, con su tema.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Un tallo al final del estío

Ella misma lo cantó hace más de quince años, tomando prestada la canción que lleva su nombre y que interpretara su grupo musical favorito de la infancia, Parchís: "La verdad y la mentira se llaman Gloria". Sí hombre, yo sé que la lógica aristotélica y la ontología no admiten que un sujeto sea y no sea al mismo tiempo y en el mismo lugar, que el mismísimo Spinoza no concibe la contingencia, entre tantas otras verdades irrefutables que siempre lo serán, pero que, individualmente, se convierten en patrañas, mentiras tan evidentes como esa que dice que cuatro y cuatro son ocho cuando la vida misma se encarga de decirle a uno, sin ningún pudor, que eso nada más es cierto en ese lenguaje abstracto de las matemáticas, y se pasa uno una muerte entera creyendo que algún día vivirá para nunca y morirá para continuar respirando. No, no son fantasías, no son juegos del lenguaje, es realidad perpetua y tangible; lo que pasa es que la poesía y las letras son más sensibles al respecto, pues no tienen afán de demostrar nada que no sea belleza, belleza dentro de la cual hay horrores y aberraciones, por supuesto, pero siendo el fin último la beldad y no la verdad, en casi todos los casos terminan por ser una misma cosa... ¿era Wittgestein quien aseguraba que la Ética y la Estética son lo mismo? Y nada puede ser ético en tanto no sea verdadero (espero tener aún lectores para el momento de este paréntesis), así que por obra y gracia de lo que surge mientras escribo, asumiré que los mundos creados por Cortázar y Carroll son tan verdaderos y reales como los bellamente recreados por el señor Uribe y sus ministros. También sé perfectamente que verdad y mentira no son estados ontológicos para muchas personas, que es simplemente dialéctica, que mil cosas, a mí nada más déjenme escribir que ya tendrán lugar para regañarme
Prosigo.
Extraño a Gloria. Muchas de las personas que me conocen o entran a este blog se preguntan por qué está vinculado a páginas de La Trevi. Eso se preguntan tanto quienes son sus fans como quienes dejaron de serlo o siguen siendo mis amigos; y sí, he renegado de ella, y he mancillado su nombre públicamente (en su página, con su conocimiento), he renegado de mí y de quien fui nada más porque tuvo la culpa de ser perfecta un día o qué sé yo para que al otro me defraudara y dejara de ser como yo quería y creía que era o fuera o debía ser. Lo cierto es que la extraño y no es que extrañe al personaje encarnado por la misma persona de la que estoy hablando durante la década de los años noventa, ni tampoco una compañía transparente e invisible porque, en resumidas cuentas a quien extraño de repente y con vehemencia es a la Estefanía ciega que sabía admirar sin cuestionar. Sin embargo, esa Estefanía que se alejó de sí hace cuatro meses, se dio cuenta de que lo que tenía era miedo y no decepción.
Perdón, esto no es una apología ni es una disculpa y quiero que quede muy claro. No pienso retractarme por haberla llamado "pendeja" y luego reiterarlo hasta que un pobre periodistica campesino, mariconcito de clóset de esos que en los miércoles de ceniza se pintan una cruz en la frente como mandada a hacer por pintor de brocha gorda para luego decirle al que lo ofendió frente a todos "Dios te bendiga pero, ¿por qué no te has muerto?" se regodeó frente a su foro y sus fans diciendo que Tefa, la gran Tefa, andaba diciéndole pendeja y grandísima pendeja a quien decía admirar desde tantos años atrás... ay, si me darán a mí miedo las mariconas tapadas. A esas sí les corro porque tal cual le tapan a la familia con pañitos húmedos los culos más que taladrados y abiertos como boquetes, del mismo modo le tapan a uno la vieja neurótica que siempre quisieron ser, encerrada con plomo por siempre, plomo del que están hechos y saben romper pa' sacar el machete oxidado y volearlo creyendo que se trata de la espada de un samurái. Pobrecito, no se dio cuenta de que yo misma lo escribí en el mismo lugar, pero él bien sabe que escritor no va a llegar a ser ni parafraseándome va a ser escritor... reitero que no me puedo retractar de lo que dije porque es lo que pienso. Reitero que es tanto lo que me importan ella y sus hijos, que no me da miedo decir a viva voz lo que es más que evidente. Y reitero que si bien no debería importarme por los argumentos de que ya ella está grandecita y es "muy su vida", sí me importa porque ya estaba grandecita y era "muy su vida" la vez que la metieron a la cárcel y le dejaron la imagen por el suelo. Lo reitero, entre otras cosas, porque el sujeto aquel no se pasó dos años en un hospital mental tratando de sobrellevar el asunto de saberla en la cárcel, reiterando también que mi deseo entonces y ahora era que al salir no era verla feliz, sino saberla feliz...
De ese entonces, de los años de la persecución mediática, de los de encierro, de los de injusticia, me quedaron muchos traumas. ¿Acaso si a Gloria le pasara algo la gente que más me señaló y hasta me acusó de querer matarla, se irá a sentir tan bien y tan sonriente -Dios no lo quiera, cuando le pase algo? No, de seguro hasta van a negar que alguna vez conocieron el aeropuerto de Tampico, si es que no niegan que vivieron allá o ayudan a meterle más leña a un fuego que se conoció anteriormente y que ayudaron a avivar hasta primas que nada más por ser primas y sin conocer a Gloria personalmente juraron ser vejadas. Yo sé que algo así no volverá a suceder, ni quiero, porque hay gente que de repente quisiera que volvieran a suceder esas cosas para sobresalir ante la señora y decirle: yo estuve en medio de la tempestad.
Lo ideal entre figura pública y seguidor sería, estamos de acuerdo, que al seguidor nada más le interesara lo que a la figura le suceda en su vida pública. Pero resulta que para mí Gloria Trevi es quien canta e interpreta, últimamente de una manera que a mí no me gusta o no puedo disfrutar por el miedo que me ocasiona su novio, Armando Gómez, y no miedo a que actúe como Sergio Andrade, porque, qué más quisiera uno como fan, aunque fuera en la parte artística, que el tipo este actuara así. Ah, pero no. No, el otro parece que se comió el cuento del monstruo Andrade, lo recreó, lo está actuando pésimamente y hoy por hoy es la persona más repelente para todo su público, mismo que le da de tragar y lo tiene tan cachetoncito, panzón y viviendo como pachá, mismo al que trata como decían que Sergio trataba a Gloria y a las muchachas del llamado clan.
¿Paranoia? Ay, tal vez. Pero es que después de veinte años, cinco de ellos entre penales, viene la otra a decir: yo nunca mentí, siempre le dije a mi público en los conciertos y en las canciones lo que me estaba pasando. ¿Perdón? ¿y por qué si todo empezó en el 85 ó 89 vinimos a darnos cuenta en el 97, con todo y la espectacularización y las mentiras que le revolvieron al asunto?
Después de haber medio visto a Armando Gómez, después de saber que a los fans que se encuentra en los aeropuertos los trata como a pordioseros (y aunque lo fueran, son clientes, el cliente siempre tiene la razón), después de haber oído tantas veces tantas cosas que no cabe aquí mencionar, haré profilaxis y me curaré hasta donde pueda en salud, porque prefiero preocuparme desde antes aun sabiendo que Gloria ya está grandecita y que es muy su vida, a luego no soportar el hecho de un moretón en su cuerpo o en su alma ocasionado por ese señor.
Los otros, mientras, que sigan de estoicos viendo cómo pasan las cosas y sonriéndole al "señor". Yo sufro con lo que gozan esos babosos.

Por mientras, siento que me he descargado, que hice catarsis. Este tema puede ser borrado en cualquier instante, pues lo he escrito después de haber reprimido miles y miles de cosas durante meses.

Espero no tener la razón, y espero que por falta de adulación e indulgencias prestadas me caiga otro hacker... digo, rayo en la cabeza y le mande a todo su staff una carta vapuleándolos y diciéndoles que yo soy colombiana, por lo tanto guerrillera y que tengan cuidado conmigo.