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viernes, 19 de diciembre de 2008

El breve espacio en que no estoy

Al fin pude encontrar el texto completo, si es que alguien había empezado a leerlo
Ay dios mío, cómo pierden encanto las cosas escritas en un papel cuando se incrustan en una hoja que simula serlo, metida dentro de una pantalla que no permite que la tinta se corra a medida que el escritor va llorando mientras recuerda, especialmente cuando recuerda lo que ya había plasmado en rojo descarnado, especialmente cuando lo transcribe y ve que la exactitud milimétrica de estos programas constriñen el alma y el pensamiento.
Pero bueno, lo que hoy entendemos (decimos que es) modernidad no sólo ha traído consigo estas facilidades tan poco románticas y sumamente pragmáticas. También, cómo no iba a hacerlo, trajo consigo lugares de encierro bautizados con toda clase de eufemismos, construidos y ubicados en lugares exclusivos. El área de la salud, por ejemplo, se ha prestado para esto de manera incondicional: leprocomios, manicomios y todo tipo de jaulas donde se encierran (lo que presupone de inmediato un rótulo para el sujeto que ingresa, no se sabe si por voluntad propia o a la fuerza, todo depende del caso, conste que me pasé una vida entera intentando que me creyeran que estaba loca y por desgracia lo logré) no tanto a personas que atenten en contra de las leyes establecidas por el Estado, pero sí cuando alguna “atenta” en contra de las leyes establecidas por la moral erigida en nuestra ya milenaria sociedad occidental y moderna, ultramoderna, posmoderna - que ,para el caso, la cosa viene a ser lo o la misma (no excluyamos al género correspondiente, esto no debe hacerse en un trabajo que versa sobre la exclusión, y muy bien sabemos cómo se las gastan las feministas con las y los artículos, así estos sólo sean de género masculino…), pues de las torturas y martirios de la Inquisición durante el Medioevo pasamos a los actos de buena fe que cambiaron las hogueras por guillotinas, los grilletes por camisas de fuerza, la Iglesia por la sumatoria de las voluntades (a esto también se le conoce como democracia); que ya las brujas no son brujas, que ya los poseídos por el demonio no gozan de tal privilegio sino que están locos y con la mejor suerte que podemos correr, tanto brujas como poseídos, es con el reciente apogeo de los electrochoques, mismos que estuvieron en desuso porque, en un momento de extraña lucidez, la psiquiatría descubrió que eran tan nocivos en determinado momento como lucrativos en el de ahora. Freír el cerebro con no sé qué tantas cantidades de voltaje, hoy es tan común en la medicina como aquello de inyectar plásticos que se adaptan al cuerpo humano y terminan por curar la fealdad o la vejez.
La gente “de a pie”, como les dicen no sé dónde, ignora por completo que aún encierran en los manicomios sin diagnóstico alguno (también les fríen el cerebro) a muchas personas. Yo, por ejemplo, siempre creí que eran cosas de la primera mitad del siglo pasado, acaso algo muy común en la época de Chejov, cuando escribió La sala número seis.
Llegando a este punto, recuerdo aquella novela corta y mi breve estadía en el “enfermatorio” de Santa María de los Ángeles, cerquitica al Club Campestre, en la casa que fuera de una familia de renombre en la ciudad, la región y el país. Obvio que me refiero a la familia y no a la casa, que también debe tener renombre, reputación y prestigio en esos tres ámbitos, desgraciadamente no por su belleza arquitectónica ya ultrajada “por el bien del paciente”, sino porque (más o menos desde el nacimiento del nuevo milenio) cada vez que alguien acude a un psiquiatra y se pone a llorar, terminan encerrándolo arguyendo que el recién entrado en desgracia sufre de depresión.
He aquí, pues, un episodio más de las fantásticas y terribles aventuras y desventuras de Estefanía Uribe:


La mano tiembla, no es para menos. Antes tuvo que buscar a Joan Manuel Serrat, ponerlo a sonar. El miedo y la tristeza, quién sabe por qué, cuando oyen música, se esconden…estando uno ya afuera, claro.
Adentro, allá…allá, por el contrario, la “Loca de la casa” hace de las suyas y, de todos los internos, es la única a la que no pueden encerrar en aquel cuartito de muy poquitos metros por otros tantos aún más pocos; no la amordazan, tampoco la “inmovilizan”. Creen los gendarmes y autoridades de aquellos lugares que la aplacan con eso que llaman medicamentos de nueva generación (Prozac, Remeron, Zolof), un poco de litio, otro tanto de ácido valproico y barbitúricos y benzodiazepinas en todas y cada una de sus presentaciones.
Como quien está escribiendo esto fue a parar allá por razones aún desconocidas, no tenía un diagnóstico en su historia clínica distinto al de “Pte con transplante hepático” (SIC) y, encima de esta, una cinta rotulada en tinta negra y caligrafía clara con la advertencia de “No inmovilizar”. Siendo así las cosas, a esta sólo le suministraban el Rivotril que toma desde la última temporada que pasó en aquel “pedacito de cielo” tan acogedor hace cinco años, paraíso terrenal donde recién habilitaron las piezas a manera de morgue con lámparas de neón y camas de enfermo, para que así el impaciente paciente pueda darse cuenta de que efectivamente padece de algo o, al menos, que no debe sentirse cómodo, como en su hogar. Uno de los accionistas, digo, psiquiatras, le dijo que sufría de un TAB. “¿Tab? ¿Qué es eso?” “Estefanía, usted es maniacodepresiva” “Ah, ¿no me había dicho que tenía un TOC y que sufría de depresión?” “Sí, de eso también”. A decir verdad, a los múltiples psiquiatras que me vieron durante el periodo que sucedió a la muerte de mi abuela, y sólo porque el tema no estaba tan de moda, lo único que les faltó por diagnosticarme fue un TLC…no es broma, es cosa que me aflige y me angustia (o si usted lo prefiere, entre también en la onda de los neologismos que llegaron con los eufemismos de la nueva era, la psiquiatría bioquímica y Paulo Coelho; llámele a eso estrés, que ya la Real Academia lo aceptó con todo y tilde).
Ahora bien, no es que la nueva trova cubana guarde un puesto especial dentro del lugar de mis afectos musicales, pero sí hay que admitir que tiene títulos y frasecitas que tienen su poética y sirven para nombrar lo innombrable. Cuando desperté en posición fetal en “El breve espacio en que no estás”, del cuartito aquel donde no encierran a “La loca de la casa” y en el que me dio un ataque de existencialismo excelso al estilo Hamlet -de ese que nada tiene que ver con el muy rancio que promulgaron esposos o señores Sartre hace como seis décadas- me rondaba en la cabeza una cita de aquella tragedia de Shakespeare que puso Borges en su idioma original cuando empieza el cuento de El Aleph: “Oh God, I could be bounded…” por alguna razón no lograba completarlo en inglés, pero yo, muy en el fondo (quizá se quedó anquilosado en el inconsciente, en la inconciencia del olvido, en el olvido inconsciente o vaya usted a saber dónde) me lo sabía. Y la cuestión aquella de la que todos hablan, de la que todos dicen, esa que tanto citan fuera y dentro de los teatros con o sin un cráneo en la mano y que pierde todo el sentido gramatical, semántico, pragmático y sintáctico, todo en absoluto cuando se traduce al español, aquella primera conjugación que se les enseña a los estudiantes primerizos del inglés y de la cual todos se burlan porque “es la más fácil” no hacía otra cosa que pegar alaridos ayudada por “La loca de la casa”, obligándome a responderle que sí, que ahí está el maldito dilema, la pregunta, la grandísima cuestión .
Doce horas con uno mismo a eso lo llevan, a comprender la Relatividad de Einstein, y esa sin haberla leído siquiera por miedo a la incapacidad de comprenderla. ¿Cuántas horas son quinientos minutos? Un mes, lo que dura mi plan del celular, y eso podría entonces traducirse a pesos. Encerrada, con venoclisis pegada a la muñeca de la mano derecha, sin zapatos, con frío y observada: un lapso de tiempo interminable, insoportable, inagotable.
¡Ay! ¡La cara! ¿Por qué me duele la frente, un ojo, siento un sabor oxidado en mis labios inflamados? De allá, en la noche, me sacaron en una ambulancia, no sin antes que el chofer me advirtiera: “No se vaya a hacer amarrar pues (le faltó decir loca hijueputa), no hagás más difícil las cosas, vieja, que si cooperamos nos va mejor” “¿Y este otro por qué me dice eso si estoy desde las cinco y media de la madrugada acurrucada, pensando en Hamlet?” Ay, sonsa, ¿no ves que vas de la sede de un manicomio para la otra, la lujosa? Aunque la loca se porte como una seda, loca se queda, cualquier refrán recompuesto, descompuesto y vuelto a componer sale; un manicomio es un manicomio y el paciente que entra allá por la razón que fuere no deja de ser loco ante los ojos de dios, la gente y los choferes de ambulancias. Si uno llegó además en patrulla y escoltada por unos policías a los que el señor rector de la Universidad de Antioquia trató de impresionar y disuadir diciendo que era tal, con él presentándose ante el enfermero e insistiendo en el cargo que desempeñaba y recordándole que la muchacha tenía antecedentes porque había estado allá, un chofer de ambulancia tiene muchas razones por las cuales puede amenazarlo a uno con causarle el mayor de los males: amarrarlo. ¿Quién habría de juzgarlo por ello? La paciente había hecho más que suficiente (más bien era lo suficiente y había estado lo suficiente) para merecer tal amenaza. Ella soportaría ponerse una camisa verde (amenazada) para arengar a cierto equipo en el estadio, también estaría dispuesta a soportar (y así fue) cuantos golpes físicos puedan propiciarle, incluso a someterse nuevamente a un transplante hepático, pero a lo que más pavor y miedo le tiene en la vida es a que la amarren, a que la “inmovilicen”…
Entré a la otra sede, reconocí varias cosas. Casualmente, esta vez, lo primero que saltaba a la vista era un cuadro de Ofelia, aquella mujer que no soportó una vida sin el hombre al que amaba y se tiró al río; el retrato de la Ofelia suicida que otro accionista de la clínica que trató a la Estefanía suicida de siempre tenía en su consultorio de la Clínica Medellín de El Poblado, en la de no me acuerdo dónde más y tal vez también la tenía como estampita laminada dentro de la billetera y como amuleto colgado al espejo retrovisor del carro porque cada vez que la muchacha lo veía, veía el mismo retrato en distintos tamaños y formas. Como si con su vida no hubiera sufrido lo suficiente y lograra escaparse del suplicio de vivir unas horas tranquilas dentro de esos lugares, Van Gogh apareció en el consultorio de las consultas generales. Supongo que allí nadie estaba ni estará tan atormentado como él; puedo decir que su semblante me preocupó, pero es que el semblante de las víctimas que allí nos encontramos tiene que ser preocupante, de otra manera no ocuparíamos brevemente (eternamente y en su infinitud) el espacio y el tiempo donde nos encontrábamos. En todo caso, de los demás, simplemente me dije “yo con estos locos hijueputas no me junto”. Ay Estefanía, y ver de lo que te estabas quejando hace unos pocos renglones. “¿Y este otro quién se cree para preguntarme por qué estoy acá?” “¿Por qué una enfermerita auxiliar que en su vida no ha hecho otra cosa que lavar micas me ignora a mí, justo a mí, y encima me da órdenes?” Ja, trágate tus palabras, niña malcriada y ve quién eres realmente, tú que no discriminabas a nadie “sin importar su condición”, ya estás pelando el cobre. “¿Usted se quiere morir, oye voces?” “Bueno, ¿acaso no tienen otra cosa qué preguntar acá? Esas preguntas, además, sólo tiene derecho a hacérmelas mi psiquiatra, no una enfermera. Voces distintas a la suya o a la de la viejita cansona de la habitación del frente no oigo ninguna, y en cuanto a si me quiero o no morir, ese no es problema suyo” Eso, así habla la que quiere tener un hogar para el adulto mayor y dedicarse algún día a la geriatría, ejercicio que por demás requerirá de la ayuda de más de una enfermerita que lava micas, cambia pañales y consuela a muchos de los pacientes sin estar en la obligación de hacerlo. “Oiga, ¿aquí por qué no hay gente de mi edad?”, le pregunté. Por dentro, decía “Esto está lleno de viejos, he venido a parar a un ancianato”. Contar lo que se me pasó por la mente cuando observé el modo de vestir, actuar y hablar de las señoras que dormían en la pieza del frente y la compartían me ruboriza en estos momentos de apreciable tranquilidad “¿cómo viene a parar este tipo de gentecita a una clínica tan cara como esta? ¿Por qué, si la EPS mía me paga habitación individual y sigo siendo hija de mi papá, a estas señoras tan lobas las atienden mejor?”. No fue cosa que me preguntara sólo ese día, sino que recalcaba cuando veía el añaje de sus visitas y lo comentaba con una amiga entrañable que tuve la fortuna de conocer al día siguiente.
¿Y mi psiquiatra? ¿Esa por qué no llega? Estando en “El breve espacio en que no estás” la esperé como esperé a Juan cuando se fue a vivir un año a París. “A mí la cabeza no me la revuelca otro hijueputa loquero de estos, a mí me trata Irene González, esta tracamanada de pastilleros no me va a joder la vida, no más de lo que me la tienen jodida” Lo que pasa es que mi psiquiatra no es cualquier psiquiatra y yo que he tenido más de esos que años puedo decirlo con toda propiedad. Lo que es inadmisible, en primer lugar, es eso de loquero, porque cuando uno se enferma de gripa no le consulta al gripero, ni cuando le afecta la digestión busca un tripero. En cuanto a pastilleros sí es más que justo, más aún cuando me enteré que la doctora Irene tuvo que consultar no con cinco colegas y alumnos suyos, sino con cinco accionistas de Sameín para que pudiera verme (a mí, la hija del rector, mejor que no sobre), atenderme, tratarme. La idea de encanarme, al fin y al cabo, no fue de ella, pero dada la situación, dentro de un manicomio el médico tratante no puede ser un otorrino. La trataron muy amablemente, me cuenta, por tratarse de ser ella, del prestigio con el que cuenta, pero ellos insistían en que tenía que ser un psiquiatra de la institución quien me tratara, como si eso del vínculo terapéutico fuera tan espontáneo como el beso que se le da a la persona que uno ama o el abrazo fraternal y sincero que se le brinda a un amigo cuando lleva mucho tiempo sin verlo.
Hablando de amigos, sí conseguí algunos. Por experiencia puedo jurar que en ningún otro lugar se hacen amistades tan entrañables, encantadoras, ideales y perfectas como en los hospitales, no sólo mentales, sino de toda clase. Es de esperarse, además, porque el hecho de estar encerrado no le quita a uno su condición humana. Miserable al fin y al cabo, pero humana, y mientras más teorías tenga uno bailando con “La loca de la casa” más se da cuenta de la infamia a la que puede llegar uno si no para la musiquita y hace que paren el baile, no vaya a ser que se enloquezca uno en serio viendo cómo, por ejemplo, un muchacho de raza negra apareció en el comedor -área exclusiva para pacientes- y empezó a cambiar los canales de la televisión sin permiso de nadie. ¿Qué va, si a mí me parecen una chimba los manes negros, si yo voté por Piedad Córdoba, si una de las personas a las que más admiro es Martin Luther King? Me acordé mucho de una discusión que tuve en un lugar muy parecido (peor) con un amigo, valga volver a decirlo, entrañable y en la cual me decía: Preciosa, el día que a ti un marica negro te quiera dar un pico o se te arrime a saludarte me vas a dar la razón.
Lo cierto es que, pese a lo que yo estuviera sintiendo y pensando, la gente nunca se sentaba a hablar con él, entre un máximo de 22 personas que hubo, a nadie se le ocurrió formularle la única pregunta que se le hacía a los pacientes a medida que iban llegando: ¿Y vos por qué estás acá? Ni siquiera eso. Si acaso se referían (nos referíamos) a él como Universidad de Medellín en alusión a un saco de color blanco que tenía, inscrito en letras rojas, el nombre por el cual lo identificamos hasta que se marchó. Sí, así como si fuera un detestable personaje de Saramago, aquel que mata a la mujer del médico y lo identifica como el hombre de la corbata azul con rayas (¿o bolitas?) blancas. Y a mí, que siempre me he considerado una defensora de la causa negra (si es que hay tal) nunca se me ocurrió siquiera preguntarle el patronímico a Universidad de Medellín, ni saber por qué estaba allá o haberle ofrecido algo de la muy variada comida que me llevaban mis tíos y de la cual yo no probaba bocado.
Yo me despertaba, más o menos, entre las once y media de la mañana (si tenía llamada por parte de Luz María o me iba a revisar mi psiquiatra) y las dos de la tarde. Después del almuerzo algunos se dedicaban a eso de la terapia ocupacional. “Bah, yo ya he hecho tanta maricaíta en estas clínicas que no voy a perder el tiempo pintando esos muñecos de icopor tan mañés que la viejita chillona le pinta a sus nietos, mejor me pongo a escribir”. No era que alguien dijera “Ya tienen tiempo libre, hagan lo que quieran, ustedes maniacos se juntan con los maniacos, ustedes los cuerdos se juntan con los menos locos y los depresivos estables, ustedes, las de habitación propia, se juntan allá”. No, nadie lo decía, nadie lo ordenaba, nadie lo pedía, pero así era. A medida que la menos loca demostraba su amor por Bucaramanga, fue cayendo gorda y de paso en desgracia porque de inmediato la apartamos. A la otra, que tenía habitación propia, no nos la aguantamos porque dentro de su manía le dio por preguntar qué cosas cubría Susalud y cuáles no, entre ellas un posible transplante de hígado ya que alegaba haber bebido mucho en la vida y prefería tener un donante sana que enferma. Fue así como ella terminó siendo inseparable de Ecopetrol (la santandereana) y otros cuantos, en medio del desconsuelo propio, se unieron a la megalomanía de La Rosa Mística, quien se arrodillaba cada vez que Álvaro Uribe aparecía en la televisión y les decía a los enfermeros que el único que podía mandarla a acostar era él, que ya estaba durmiendo sus cuatro horitas.
En cuestión de dos días (ya dije que el tiempo es muy relativo) volví a ser yo. Me encariñé mucho con la ancianita que lloraba durante la primera noche que pasé allá. En las mañanas me despertaba cantando “Alabaré, alabaré, alabaré, alabaré, alaaaaaaabaré a mi señooooor”. Enojada, salí de la habitación rascándome la cabeza y ella hizo la onomatopeya del gallo. Siempre que yo la veía la hacía. Entonces Boris, un enfermero al que por sordo creían bobo, me dijo que era su forma de llamarme. Yo me le acerqué, me dio la bendición y me dijo “Mi Gallito de la Pasión”. María Antonia se quedó atorada en la Semana Santa y así como contaba historias y pasajes bíblicos con pelos y señales, mezclaba la apariencia física de quienes estábamos allá con personajes de la Pasión, de su infancia, de su familia y de las personas que se le habían muerto, entre ellas su marido, por quien en principio lloró las primeras noches que estuve allá. Como sus hijos vivían en Manrique no tenían oportunidad de visitarla mucho; la señora se mojaba en la cama y muchas veces aguantaba frío porque se la lavaban y tenía que esperar a que se la secaran. No obstante, dentro de sus momentos de lucidez, decía: acá comemos y nos atienden mejor que si estuviéramos en el Intercontinental. Gallito, ¿me das un traguito Coca Cola? He tomado champaña, ¿cómo no voy a tomar Coca Cola? Yo tomé champaña cuando me casé, sabe horrible, pero he tomado champaña. Le di una botella de 600 mililitros y se la bogó toda. Al momento eructó, se sonrió, y empezó a volver a cantar. Yo la acompañé silbando y fue cuando Adriana, no me explico por qué, se sentó a mi lado y me brindó la atención y la comprensión más maternal que he podido recibir en los últimos años de parte de una persona ajena a mi mamá.
Nos pasábamos tardes enteras comiendo papitas fritas, jugando Rumi Q y fumando como putas encerradas (lo de encerradas me consta, lo otro no). Una noche se sentó a jugar con nosotros una muchacha de la edad mía a la que sólo le conocimos la voz un día antes de su salida, mismo en el que ingresó Felipe por problemas de adicción. Yo creo que entre mis chistes malos, mi forma de remedar al gallo y la belleza del muchacho la hicimos sonreír. Me dijo que yo era la única persona que había logrado hacerlo y me lo agradeció. Lástima que se fue cuando se estaba aliviando…es que allá hasta lo más lógico se vuelve absurdo.
Luego llegaron los niños. Uno de 12 con un problema de anorexia que asustó hasta a los más “idos”; otro de 14, que lo metieron allá porque no soltaba el computador. Entre el carisma maternal de Adriana, mi interés por la hermosura del de 14 y la inteligencia del de 12 (que es hincha del Medellín) formamos un quinteto con María Antonia. Luego se nos unió Ana María, con quien hice empatía porque una noche nos sentamos a hablar de los efectos de las drogas, de cuánta falta nos hacían, de cómo la adicción a las mujeres nos puede llegar a degradar hasta puntos inimaginables. A ella le tenía un poco de miedo porque, estando yo en Alborada, recuerdo que a su novia la convencieron de que no era homosexual y las apartaron. Miedo porque al final estaba haciéndome insinuaciones y uno está dispuesto a aceptar a los homosexuales siempre y cuando no se metan con uno…suena espantoso, pero es la verdad.
Lo que pude ver es que a medida que hay exclusión, hay unión. Quienes segregamos nos juntábamos entre nosotros, quienes eran segregados y quizá también nos segregaban se juntaban entre ellos para rezar el rosario y cantar mientras nosotros oíamos música porque teníamos iPod con parlantes, teníamos varios temas de interés en común (por lo general políticos y de carácter intelectual o de género), así como los locos, aquellos a quienes nosotros estando allá bautizamos así por no estar tan cuerdos, estaba, cada uno de ellos, con su tema.

domingo, 21 de septiembre de 2008

21 de septiembre






Cierto es que para sembrar un árbol hay que abonar el terreno. Ahora bien, si lo que se quiere es una cosecha, habría que determinar qué número de hectáreas, cuadras, o bien kilómetros cuadrados debo preparar con cautela para que mi cosecha tenga buenos frutos…ni qué decir de la utilidad de aquel material en proceso de descomposición o putrefacción.

Pues bueno, más o menos de eso intento hablar. No se ha equivocado usted de página, no. Esto no es un breve curso de agricultura, ni mucho menos. Lo que pasa es que cuando de casos y cosas mediáticas se trata, todo tipo de analogía, creo -o al menos de eso he podido darme cuenta a lo largo de estos casi diez años- puede llegar a ser válida.

Supongo que usted, como yo, tiene su televisor en su casa, y hace ya más de una década cuenta con un servicio de cable que le permite tener acceso a canales internacionales. ¡Qué bonito es todo esto de la globalización! Usted allá (quizá en el apartamento del lado, tal vez al otro lado del charco, allá en Europa) hoy puede enterarse, al mismo tiempo que yo, al mismo tiempo que miles de millones de personas de lo que posiblemente –y hago énfasis en lo de posiblemente- esté sucediendo en Irak, Kazajstán o a la vuelta de la esquina. Al otro día, en el periódico, quizá encuentre la noticia un poco más amplia, más sesgada…todo depende del diario al que esté inscrito o al que tenga acceso.

Aún no podría hablarle de este medio, el bendito Internet que nos vino a salvar de cuanto mal existe en el planeta, junto con las nuevas tecnologías y los sistemas sofisticados que todo pueden almacenarlo pero que aún nada pueden explicarlo, simple y sencillamente porque Gloria Trevi corrió con la suerte de que en el momento en el que se empezaba a abonar el terreno, no sólo con materia en estado de descomposición y putrefacción, sino también con cierto tipo de productos hidropónicos importados – porque es que el formato, quiero decir, la sustancia que bajo el pretexto de los tratados libre intercambio, digamos que bajo la vil excusa de la libertad de prensa, que es lo que nos interesa para el caso, fue el mismo que se utilizó para "cubrir" el triste y célebre caso del deceso de la Princesa Diana y encubrir o desdibujar otros acontecimientos de verdadero interés político, cultural y social a nivel internacional-. Otros tienden a compararlo con el caso del ex jugador de fútbol americano O J Simpson, mas creo que a partir del de la muerte de Lady Diana la nota roja empezó a ser una parte no sólo novedosa, sino tristemente esencial, dentro de las sociedades laicas y modernas actuales (al menos las que se dicen tales) y, por supuesto, dentro de las agendas noticiosas "serias".

América Latina no habría de quedarse atrás, ni más faltaba. Menos si se toma en cuenta que por estos lados la televisión, más que un fenómeno, marcó un acontecimiento. Y allá, en el extremo norte de la lengua española en el continente, por ese entonces, aún faltaba un país que necesitaba mostrarle al mundo que tenía una democracia, pues acababa, ni más ni menos, de firmar un tratado de libre comercio con los dos países que se ubican exactamente arriba de él desde el punto de vista geográfico. ¿Eso qué? El ALCA en este caso es lo que menos –eso creo y espero- importa.

¿Quiere que le diga qué andaba haciendo la Trevi en Brasil mientras el gobierno mexicano, de la manera más ridícula, teniendo en cuenta la peligrosidad de los criminales colombianos, brasileños y bolivianos que refugiaba y refugia le pidió ayuda a la Interpol para que aclarara –hasta ese entonces- por qué el hijo de un par de pelafustanes había sido deportado desde España por descuido de sus padres? A menudo se me cuestiona: "pero si era inocente, ¿para qué ese ente policivo habría de buscarla por mar y tierra?" La misma pregunta me hago yo. Hasta hace muy poco la justicia colombiana requería del testimonio de Rafael Noguera, ex director del DAS, sindicado de haber cooperado con grupos narcotraficantes de autodefensas. Al respecto dijo el señor que se encontraba en España y que no tenía un solo centavo para regresar a dar sus declaraciones al país. ¿Y la Interpol? ¿No se supone que el mundo entero está en una guerra o lucha contra el terrorismo?

Hasta ese momento, es decir, hasta mediados 1999, Gloria de los Ángeles Treviño sólo había sido sindicada por parte de los medios –de cuanto medio- de comunicación existía en su país, de pertenecer o liderar una secta satánica, propiciar encuentros amorosos entre Sergio Andrade con su entonces esposa Aline Hernández y de haberse quitado dos años de edad. Ah sí, y de haber dicho en una canción, al principio y muy rápido odagitsac, lametsicihol (son anagramas, así que favor leer al revés) y recedebosebedoseop.

Se había publicado un libro que prologó la conductora de un programa vespertino que, desde que Gloria no quiso firmar contrato de exclusividad con una televisora que recién estaba inaugurada, esa que desde su fundación juró no cometer los mismos errores de la vetusta competencia (de hecho lo cumplió, hizo cosas peores), desde 1997 hasta hoy, 5 de febrero de 2007, todos los días a las seis de la tarde, se ha dedicado de manera mediática y alevosa de enlodar su nombre sin ningún tipo de pruebas. A ese libro, entonces, se le sumaban los programas vespertinos de una hora ya mencionados; el terreno estaba arado, sólo era cuestión de envenenarlo…digo, de abonarlo.

Allá mataron a un conductor de televisión que, de casualidad, acababa de firmar contrato con ellos. "Ay, pero no, esto en nada se parece a lo de la Princesa de Gales, necesitamos algo más espetacular, lo del Chupacabras no nos funcionó, ¿qué le hacemos, comadre? Al Sol va a estar difícil incriminarlo, del Divo de Juárez no hay mucho por decir, lo de las muertas de esa ciudá no es muy conveniente mencionarlo, y en realidá no es cosa que pueda indignarla usté, la que está en el lavadero y le puede dar rienda suelta a su imaginación aumentándole de su propia cosecha al asunto mientras friega la ropa con rabia porque se acordó de lo que le hizo el marido anoche, como a usté, señora de la alta sociedá que tiene hijas y bien puede expiar tanto sus errores como los de ellas con lo que le vamos a decir.

Yo sí sé de un tema, disculpe la hipocresía, porque trabajé con la competencia por mucho tiempo y además estuve en la intimidá con quien maneja artísticamente a la que fuera un fenómeno social y nos hizo un desplante porque no quiso lavar dinero en Las Islas Caimán a cambio de una suicida etsclusividá, orden del Patroncito, quien, entre otras cosas, tiene primitos en la cárcel que son hermanos de ex presidentes… y si bien doña Trevi, mi ex muñequita, no tiene rabo de paja o cola que le pisen, Sergio Andrade "se las gasta", ¡Ja! Y de qué modo. A mí me consta, me ha constado por años, las cosas que mi amante menguante nos hace a las mujeres, tan deliciosas como fatales, por el despecho que me queda de ya no tenerlo en mi cama y aprovechando las órdenes del patrón, lo que vamos a hacer de Gloria Trevi no tendrá nunca jamás parangón".

A partir de esa decisión funesta y mefistofélica de cambiar audiencia nunca antes obtenida para poner en riesgo la credibilidad, sin mencionar la honra, el buen nombre, la imagen y la carrera de una persona, en ese mismo canal (sume seis, que es la hora en que lo transmiten, más siete, que son los días de la semana, y obtendrá como resultado la frecuencia) la Chimoltrufia, o muchas versiones de ella (cuatro exactamente) empezaron a aparecer cada día. "Usté bien sabe que como digo una cosa, digo otra". Lo que pasa es que no fue suficiente, lo de los "testimonios" estaba dando muy buen resultado, pero se podía más, se podía incluso ir más allá de la tempestad creada, crear ¡eso es! Un huracán con todo y ojo. Un programa que se trasmitiría los domingos con todas las pretensiones del reportaje más serio, de tal manera que Gay Talase, Truman Capote, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis y Oriana Falacci decidieran, al fin, arrodillarse ante semejantes maestros y quemaran sus obras para aprender, desde cero, cómo se deja a un lado una investigación exhaustiva para demostrar que hubo infanticidio en Brasil, simplemente porque una cámara de televisión grabó a la presentadora del programa a la orilla de un río en las afueras del Distrito Federal mientras narraba a través de un micrófono con la insignia multicolor, "en vivo y en directo", cómo aventaron una maleta que adentro tenía un cadáver. Música de fondo entre melancólica y tétrica, imágenes de una bebé preciosa, lágrimas provocadas por la polución de la ciudad.

La otra, la ofendida, la que interpuso la demanda, oriunda de la ciudad a la que Gloria fuera extraditada el 22 de diciembre de 2002 en un avión privado y con todos sus derechos como ciudadana mexicana y ser humano vulnerados, de un día para otro (bueno, de diciembre a mayo) de repente se declaró loca, convocó a una rueda de prensa de carácter urgente en la que micrófonos rojos y verdes con la misma insignia multicolor primaban ante los de las demás cadenas televisivas y radiales. Primero, la ilustre muchacha declaró para todos los canales del mundo: Son unas finísimas personas –refiriéndose a Gloria Trevi y Sergio Andrade-. Yo no estaba secuestrada, estaba trabajando y estudiando, aprendiendo con ellos (le faltó decir que vivía como reina a costillas de la finísima Gloria). No se me olvida; era 17 de diciembre de 1999 y llegó a la Ciudad de México acompañada por Marlene Calderón, quien de inmediato fuera apresada y puesta en mano de las autoridades del Estado norteño que viera nacer a ese prodigio del piano, a esa señorita pulcra, impoluta y virginal. Su pelo era de color natural, si acaso tenía algunas iluminaciones. Para mayo apareció rubia, "radiante", "preciosa" y traumatizada, muy traumatizada, con una Biblia en la mano declarando que en ese libro decía que la verdad la haría libre y que por eso iba a revelar que, a pesar de tener permiso notarial firmado por sus padres para recibir una cantidad mensual de dos mil dólares y estar al lado de Sergio Andrade para aprender piano, viajar por el mundo entero a expensas de lo que Gloria ganaba, etc., efectivamente había sido violada, ultrajada, secuestrada, corrompida y abusada por ellos dos y María Raquenel Portillo. Yo sí la noté muy corrompida y también se le notaba que le habían lavado el cerebro, como ella misma lo dijo. Aparte de tener su cara cargada de maquillaje, se notaba que le habían hecho un peeling y un estilista le "mejoró" el pelo. Su tono de voz había cambiado, así como sus expresiones. Las declaraciones, más salidas de un libreto que del alma pura y ultrajada, durante el día las transmitieron unas seis o siete veces, anunciándolo como noticia de última hora, recalcando la importancia de las palabras de la ahora adulta, la otrora infante (acababa de cumplir sus dieciocho años) para la agenda política, económica, legislativa y constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. En la tarde, por supuesto, aparecieron en ese maravilloso programa vespertino, con declaraciones de la niña EN EXCLUSIVA, en vivo para toda América, "quien está con nosotros vía telefónica y con nuestra corresponsal en…" en donde dio las declaraciones. Declaraciones que, por demás, no han dejado de transmitir después de siete años.

De repente, por esos mismos días, una de las "coristas", la principal accionista de la compañía Conexiones Americanas, empresa que contrataba a las personas que trabajaban para Gloria y en la cual estaba invertido todo el capital ganado en conciertos, programas, palenques, discos, revistas y demás fortuna amasada por la Trevi durante años, también decidió declararse loca. Lo de aclarar que estaba loca no era necesario, pues sabiendo cómo era ese infierno dantesco que describió para que la sacaran de la cárcel por arte de magia, convenció a su papá, un psicólogo de Puebla, para que dejara ir a sus otras dos hermanas a vivir y viajar por toda América y Europa con esos demonios atroces. Aun sabiendo cómo eran las cosas con Andrade, calló y permitió que ellas tuvieran su cosa con él. Que no quedó en cosa porque de hecho cada una tuvo premio de bonificación: Milton, hijo de la una, Valentina, hija de la otra, Andrade padre de ambos.

Curioso fue también que coincidieran esos ataques de locura con el lanzamiento del libro de la ofendida pianista -más ultrajada que consagrada según lo escrito y descrito en ese Best Seller, obra magna de la literatura universal, publicado por la misma casa editorial que editó el que escribió Rubén Aviña… perdón, Aline Hernández.

Televisa, por su parte y por supuesto, tampoco podía quedarse atrás. El nombre Gloria conjugado con Trevi daba más niveles de audiencia que cualquier otro programa o noticia. Ellos fueron un poco más corteses, por llamarlo de algún modo. No le pusieron ojo a huracanes ni oídos a tempestades sino que tomaron el nombre de una de las canciones más exitosas de Gloria, El recuento de los daños, para sacar una serie mucho más rica en imágenes, pero igual de sucia en contenido temático a la otra. En esa, además, muchos prestigiosos presentadores y artistas de repente se acordaron que tenían memoria y empezaron a narrar sus vivencias con el llamado Clan. Por ejemplo, uno decía: ay, yo me acuerdo que Gloria olía mal. Otro salía con una cosa todavía más aportante para esclarecer el asunto de la corrupción de menores y la violación equiparada: "Gloria, antes de subirse al escenario, era callada". Otro, para confirmar aquello del secuestro, juraba por su madrecita santa que Sergio Andrade era un excelente músico, un gran productor, muy exigente, pero muy mujeriego. De verdad que me quedó más que clara la participación de Gloria en el asunto de las violaciones cuando un conductor de Telehit dijo que Ella siempre le había caído mal.

¿Cree que estoy bromeando? Cuando yo me ponía a defender a Gloria, me decían: ¿es que acaso no ves la tele? Yo sí la veía, la sigo viendo. También leo los diarios de todo el orbe. Y al respecto, lo que sí puedo decir es que en toda la historia de la televisión en América Latina con su efecto totémico, nunca se han gastado tantas horas, días, meses y años al aire como en tema. En cuanto a los medios impresos y escritos, sobre una figura pública aún viva, no he visto que se escriban tantos libros, columnas de opinión (y no sólo de la sección de entretenimiento y farándula), editoriales, titulares, primeras páginas y secciones fotográficas con respecto al escándalo que envolvió a Gloria.

El 21 de septiembre de 2004, Televisa le dedicó ocho horas al cubrimiento de la liberación de Gloria. Ocho horas en su canal más importante, El Canal de las Estrellas. Durante esa semana y los meses que siguieron no se habló de otra cosa en cadenas como Telemundo, Univisión, la que le compite a Televisa. Periodistas de todas las categorías tuvieron la exclusiva, a excepción de aquellos que trabajan para la que inició con el vil negocito de mancillar su nombre.

No obstante, el 8 de marzo de 2007 el Estado de Chihuahua confirmó la sentencia absolutoria para Gloria de los Ángeles Treviño Ruiz y de ello me enteré porque soy su fiel seguidora y estoy inscrita a un programa que se llama Alertas Google, en el cual me envían todo tipo de noticias que contengan su nombre. ¿Y sabe cuántas notas me llegaron? Diez.


Nota aclaratoria: Esto se publicó exactamente hace un año en una página de Gloria Trevi. Por cosas de la vida en las que quizá ahondaré en otro momento, la amistad que me unía a la persona que me pidió escribir esto se deshizo, por capricho mío se quitó de ahí y cuando quise rectificar fue demasiado tarde. Por tanto, siendo algo de mi creación, se me hace justo publicarlo en mi blog, conmemorando este día tan especial para todos los fans de Gloria y empezando una nueva etapa. Por demás está decir que muchos nombres se omitieron, pero espero que por la descripción, quienes me leen, sepan a quiénes me refiero.